martes, 22 de diciembre de 2009

Claustrofobia

"Deja el título para el final".

Siempre le dijeron lo mismo, como si fuera una regla metodológica indispensable para el correcto funcionamiento del engranaje de todo lo que aquí se mueve. Y es curiosa la forma en que la profecía se cumple. Pero es fácil cumplirla cuando va a posteriori.

Dejémonos de juegos.

Hoy he mirado a través de la ventana la mezcla de vaho y niebla, interior y exterior, y no he reconocido quién era quién. Hoy he pensado en el bulto del cuello y me he quejado de la cicatriz en los ojos. Hoy he remendado la manga de esta lámpara que apenas brilla y he decidido que no voy a volver a salir. Hoy me he emborrachado con un incienso que huele a barba. Hoy he dejado, como siempre, que la corriente siga su curso sin poner más que el rostro flotando sobre ella para que me moje las pestañas. Hoy he leído tu poesía: he soplado tu lujuria y la he apagado, y he dejado que sus gotas de cera caliente se acomoden en mi brazo.

Y he pensado que , después de tanto tiempo, si me decido ahora a arrancarla quizá dolerá más que la vez que dejé que cayera sobre la piel.

Y, después de todo, la marca seguiría en el mismo sitio.

Se aprende más de las estupideces que de los aciertos.

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viernes, 18 de diciembre de 2009

Terapéutico

Hasta que no lo tengo delante no llego a creerlo, a reparar en ello. Cuantas más vueltas da la ruleta más ganas tengo y no puedo esperar. Me salto los espacios, vuelvo atrás, me equivoco, incluso creo que me he equivocado cuando no es así, porque no puedo esperar. Quiero hacerte el amor, quiero hacerte el amor aunque esté prohibido. Y repetirlo una y otra vez. Al principio será lento, desconocidos, nos reconoceremos aunque esté prohibido.

Después ya nos conoceremos, y sólo será recordarnos. Me dejarás entrar. Ya sé cómo eres desde fuera, ahora quiero ponerle acento y conocerte por dentro.

Ahora sé cómo eres por dentro pero quiero seguir, repetir una y otra vez la vertiginosidad de la invención y seguir hasta que te eches a reír, hasta que nos echemos a reír los dos.

Quiero hacerte el amor hasta que nos riamos el uno del otro. Nos miraremos a las caras y sentiremos que la felicidad está en la carcajada. Nos quedaremos sin aire y no será con esfuerzo. Reconoceremos al desconocido mejor conocido sobre la tierra.

Este es tu puzle, y como quieras pondrás las piezas y aún así aparecerá tu rostro.

No hace falta que me reconozcas después, pero yo recordaré que preferí desnudarte a ti antes que al resto, por tópico. Quería ver cómo eras por dentro y descubrir todos los sitios por los que pudiera salirte pelo. Y entonces creerás que soy un idiota, pero yo sabré que durante un instante fuiste la desconocida mejor conocida sobre la tierra.

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jueves, 17 de diciembre de 2009

Ex post facto

Parpadea tus palabras y exhibe tu mirada. Es el momento.

Nada puede detenerte ya, y tu pasado es simple historia. Historias. Las dejas atrás, pero no debes olvidar que ahí se quedan, esperando el momento justo para intercalarse con tu presente. Hoy has sentido ese hálito, ese momento en que todo se detiene y ves a tu alrededor cientos de fantasmas del pasado, miedos ocultos, susurros que trataste de enterrar bajo el suelo de la memoria gastada, esperando que algún día el alcohol decidiese llevárselos consigo. Pero ahí están. Y hoy vuelven para contarlo.

Tu recuerdo es como el humo. Tu imagen sigue clara, pero no es más que una pincelada de agua en un lienzo que una vez fue de acuarela, pero aprendió a ser óleo. No soy tan absurdo. Trato de no serlo. Trato de no tratar de matar algo que puede enseñarme una lección, y esa lección es que el pasado, al menos el tuyo, es como un árbol que se va quedando más desnudo cada día, y cada vez hay menos Sol, y cada vez hay más inviernos.

Parpadea tus palabras y exhibe tu mirada. Es el momento de la farsa.

Debes intentar lavar tus prendas de vestir exteriores para que queden blancas como la nieve. Da igual lo que escondas, da igual que esos fantasmas ahora te sigan allá donde vayas. No importa que los susurros se hagan cada vez más fuertes y a veces temas que los demás puedan oírlos. Hoy es otro día. El pasado no vuelve para castigarte. Debería.

Busco la fe en un Ser capaz de establecer el orden, del caos, la justicia en la crueldad, un equilibrio entre lo que se tuvo y lo que se tendrá, entre lo que se dio y lo que se ha de recibir. Y si bien creo que ese equilibrio me ha castigado lo suficiente, puede que desde el otro lado de la balanza aún se sientan descompensados. Yo, desde luego, me siento así.

Parpadea tus palabras y exhibe tu mirada. Es el momento de la farsa que se ha convertido en realidad.

Y después de todo alguien lleva las cuentas. Y el saldo es negativo. Debes muchas almas. Y dices que la justicia es ciega, y así fue, y así es. Pero ahora desearías que no lo fuera, porque sólo te queda eso, el drama. Ahora…

…parpadea tus palabras y exhibe tu mirada.

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viernes, 11 de diciembre de 2009

Futurum

Dicen que pedir perdón es muy difícil.
Ojalá todo fuera tan fácil.

Una especie de sonrisa gastada me ha enseñado los dientes esta noche, y sigo recordándola ahora por la mañana sabiendo que no voy a volver a verla, al menos durante el día, hacia mí.

Sosteniendo las enredaderas que otrora cubrieron su rostro, ahora mira hacia arriba con los ojos entrecerrados, pidiendo más un sacrificio que una disculpa... pero sólo al saber que no se lo puedo dar, pues de cualquier otro modo siquiera me otorgaría la sensación de que a fin de cuentas todo está en mis manos.

Y no lo está. Y lo sé. Y quizá así sea mejor.

Pues de estar en mis manos realmente quizá no me convencería de que aquel sacrificio se aleja tanto de mis posibilidades, y corriendo arriesgaría de nuevo toda la chatarra que he podido recoger desde la verde caída, para volver al hoyo del que tanto me costó salir.

Ahora paso los días admirando el pasado, pasando de largo el presente y cavando poco a poco una tumba junto a un comic y un libro, lejos de donde nací, para ver si acaso así puedo llegar al lugar en el que quiero morir.

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lunes, 30 de noviembre de 2009

La verde caída

La fábrica de mecheros explota, pasto de las llamas, mientras una pareja escurridiza huye de la sospecha perseguida por las acusadoras pisadas del viento.

Continúo caminando mientras se consume la poesía que pronto habrá de dar conmigo en la tumba, a la par que los brazos de la misma persecutora soplan contra mí impeliéndome para volver a casa.

Trato de disimular la hemorragia que me poseerá con su cáncer de aquí a dos o tres inviernos cuando reparo en que la bufanda se la llevaron las mismas letras que me trajeron hasta aquí.

Las estrellas en el cielo no hacen más que moverse, y las luces aquí en la Tierra me miran despectivas, sin ofrecerme su auxilio. Saco la colorida llave de la morada de la represión, acompasando mis pasos a los ladridos de un perro.

El perro, antes, deja de ladrar.

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Flor alimenta animal, animal alimenta animal, cadáver alimenta suelo, suelo alimenta flor...

Y así siempre.

Es una excusa para volver a empezar.

¿Te da miedo terminar?

martes, 28 de julio de 2009

Epílogo

Hoy he despertado y lo primero que he visto es el color gris de las paredes de mi habitación; mi cuarto, iluminado por esa luz blanca que ofrece el Sol únicamente en los días de verano, creando reflejos de distintos grises en el techo.

He apartado las cortinas blancas para ver a través de la ventana y han llamado mi atención las siluetas negras de las montañas a lo lejos.

Y sobre la mesa tres objetos: una cuenta de plata en forma de corazón para una pulsera, una caja de chocolate con menta y una camiseta...

...¿verde?...

...que hace que algo se me revuelva por dentro.

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martes, 23 de junio de 2009

Anestesia cerebral

Hoy he despertado y lo primero que he visto es el color pardo de las paredes de mi habitación; mi cuarto, iluminado por esa luz amarilla que ofrece el Sol únicamente en los días de verano, creando reflejos de arcoiris en el techo.

He apartado las cortinas blancas para ver a través de la ventana y han llamado mi atención las siluetas añiles y violáceas de las montañas a lo lejos.

Sobre la mesa, tres objetos.

Me he vestido con mis vaqueros marrones y mi camiseta beige, y he bajado las crujientes escaleras de color castaño quemado. He agarrado la anaranjada cartera y he salido de casa, viendo el desfile multicolor de las pequeñas florecillas de mi jardín, que tanto me hacen recordarla.

He esperado varios minutos en aquella parada de color rojo y, al llegar el enorme autobús verde, he subido para hacer el mismo trayecto de siempre. Pero hoy mis ojos se han clavado en la bóveda azur sobre mi cabeza, salpicada de un par de nubes a lo lejos en el naciente, aún vestidas de rosa.

En el trayecto he podido observar las verdes praderas a las que ya estoy acostumbrado y algunos matorrales accidentando las llanuras con su tonalidad más oscura.

Ha violentado mi solitaria tranquilidad la imagen de una mujer vestida completamente de ese color violeta que tanto me hace recordarla.

He perdido mi mirada entre las líneas de un paso de peatones, en su ya gastada blancura.

He visto un coche negro como un pedazo de carbón.

He visto un gato naranja como una mandarina.

Y he bajado del autobús.

Y he permanecido allí, mirando absorto un cartel pegado al escaparate de una farmacia en el que una nueva medicina ha llamado mi atención:

"Anestesia cerebral: olvide lo que usted desee con sólo pensar en ello. Nuestra fórmula única, clínicamente probada, le hará olvidarlo en una sola noche. No necesita receta."

He entrado en la farmacia y he pedido ese novedoso fármaco y me han dado una caja enorme. La he pagado y he seguido con mi rutina tras este pequeño desvío en mi camino diario.

Ahora estoy en casa, tumbado en la cama con la caja en mis manos y un vaso de agua sobre la mesa, junto a los tres objetos.

Abro la enorme caja. Saco la única lámina de plástico que contiene y en su centro aparece una minúscula cápsula blanca y negra. La extraigo y me la tomo. Bebo rápidamente el agua del vaso aunque no haga falta. Me levanto, apago la luz y me vuelvo a la cama.

Cierro los ojos y pienso en lo de siempre.

Pienso en lo único que puedo pensar.

Pienso en lo que quiero olvidar.


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jueves, 11 de junio de 2009

¿Dónde?

¿Dónde están todos esos instantes? ¿Dónde está cada minuto que corrió por nuestros relojes sin que apenas reparásemos en el paso del tiempo?

¿Dónde están todas esas promesas? ¿Dónde está cada expectativa de futuro que resbaló por nuestros labios durante un beso o en el silencio de aquella habitación mágica?

¿Dónde está el perro y el gato? ¿Dónde está la burbuja y el resto de la gente?

Se perdieron en un paseo por un bosque violeta y luego no supieron regresar.

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lunes, 8 de junio de 2009

Ardor

Llegó el día en que su voz me dijo que todo acababa. Cuánto hubiera dado por ver sus labios pronunciando, como siempre, una cosa distinta... pero en esta precisa ocasión no tuve oportunidad siquiera de contemplarlos.

Mis oídos no querían creer lo que habían escuchado y mis oraciones pedían una oración diferente. La cansé pidiéndole una y otra vez que me lo repitiera y, cuando ya no había lugar a dudas, pidiéndole que fuera sincera.

"No te quiero", oí a través del auricular. Supe en aquel mismo instante que no debí decirle que sólo ante aquella afirmación dejaría de insistir y traicioné mi palabra insistiendo por enésima vez, de nuevo.

Había creado mi mundo con ella como cimientos. Había colocado mi vida sobre sus columnas y ahora todo se desmoronaba desde la base. Todo se caía y lo único que podía hacer era repetir impotentemente una negación a la par que las lágrimas resbalaban por mis mejillas como nunca -jamás- lo hicieron por ninguna otra razón. Y mi estómago se removía, se convulsionaba, ardía... y entonces me sentí morir. Al oír el silencio, el fin de aquella inesperada conversación, la impotencia se transformó en parálisis y las lágrimas en aullidos.

Y sólo entonces entendí el verdadero significado de preferir la muerte.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Tríada

Su pulsera de plata subía y bajaba por su estrecho brazo sin encontrar impedimento alguno. Una simple pulsera repleta de cuentas de lo más variopintas que le habían ido regalando o ella misma se había ido agenciando. Pero faltaba una.

Había ciertas cosas que no podía, no debía o no quería comer. Los dulces eran su perdición. Su desayuno, en ocasiones, constaba de un plátano y un par de galletas. Si acaso le entraba hambre, iba a una tienda de golosinas y volvía con una bolsa repleta de colores: rosa, verde, amarillo, marrón... el atractivo colorido para los pequeñuelos, el dulce sabor para ella. El chocolate, dentro del grupo mayor de los dulces, le hacía enloquecer. Entre ellos, unos específicamente: unas pequeñas lonchas rellenas de crema de menta.

Cierto día, al verme con una camiseta nueva que no tenía por costumbre ponerme -de hecho, nunca me la ponía-, trató de convencerme para que lo hiciera más a menudo: "Te queda muy bien", recuerdo que me dijo, a lo que añadió: "Dicen que el verde sólo le queda bien a las personas atractivas". Mientras trataba de convencerme de que me pusiera aquella ropa más ocasiones, una de mis continuas luchas era tratar de convencerla de que ella, a fin de cuentas, era atractiva -de hecho, aplicando aquella teoría, ella misma había llevado una camiseta verde aquel "primer" día-, pero lo negaba una y otra vez. Cualquier lector entenderá por mis palabras que era otra más de esas personas que niegan una y otra vez algo sólo para que uno lo afirme una y otra vez en contra... He de admitir que, de haberlo pensado yo también alguna vez, en ocasiones advertí en sus ojos la completa seguridad de que lo que ella decía era así.

Dejémoslo aquí, por ahora.

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sábado, 16 de mayo de 2009

Antigua elegía

Diría que desperté en mi cama en medio de la noche, asaltado por una pesadilla recurrente. Lo cierto es que no llegué siquiera a conciliar el sueño, y fue mi fantasía la que rememoró lo que al caer dormido tantas veces había visto.

Me separé de mis sábanas y encendí el candelabro en la oscuridad. Un pedazo de papel y un bolígrafo medio gastado.

Comencé, entonces, a escribir esta elegía:

No puedo conciliar el sueño, no después de esto. Mi descanso se ha visto turbado por el asalto del pensamiento onírico, del bando de las pesadillas, con todo lo que ha conllevado.

No puedo dormir, no después de verte alejándote de mí, de espaldas, sabiendo a ciencia cierta que eras tú, que esa espalda era la tuya, que te hacías más y más menos hasta desaparecer casi por completo. Entonces, como el que sueña que cae, me desperté justo antes de la tragedia absoluta, justo antes de su completa consumación.

Y esta imagen, originada en mi subconsciente quizá, ha provocado toda clase de escalofríos en mí, moviéndome de un lado a otro de mi cama, terminando por levantarme de ésta y sentarme a la luz de la lámpara a escribir estas palabras, sin duda quejicosas. Jamás había sostenido mi pincel sobre el lienzo a tales horas, pero si acaso quiero considerarme escritor, algún día habría de hacerlo y, como tantas otras primeras, ésta ha sido otra de las causadas por ti.

La esencia de mi amor por ti me hace desear por encima de todo tu felicidad, aunque yo sea aparentemente desgraciado, y digo aparentemente porque, si tú eres feliz, yo lo soy. Ésta es la esencia de mi sentimiento hacia ti, ésta es la base de mi cariño, de mi afecto, de mi querer. Pero, como todo ser humano, la imperfección destiñe los colores que parecían perfectos, difumina las cualidades que aparecían como virtudes ejemplares, torna esta esencia en otra cosa al sumarle este omnipresente egoísmo.

Un egoísmo que, pese a desear ante todo tu felicidad, apostilla que ésta sea conmigo y con ningún otro. Un egoísmo que me provoca el mayor de los mortecinos tormentos al imaginarte caminando de la mano de otro, al imaginarte compartiendo tus más íntimas sonrisas con otro, al imaginarte queriendo a otro. Tu felicidad, antes mía, se torna en mi más agónica desdicha.

Te deseo de tal modo, a grado tan cabal, que se me hace imposible incluso forzar una sonrisa si mi mente está dibujándote junto a cualquier otra persona que no sea yo, acerca del amor, de tu amor.

Me torturaría lentamente conocer de tu sentimiento, ya no hacia mí, sino hacia él. Me consumiría a la velocidad de la luz, pero manteniéndome vivo para poder seguir sufriendo.

Y sólo se me ocurre que te amo, que te quiero, que te deseo, que te añoro, que te anhelo, que te espero, que te necesito, que te sueño, que te pienso, que te veo, que te siento... Que quiero pasar el resto de mis días a tu lado, que quiero estar presente, ser testigo, de cada una de tus sonrisas, que quiero compartir contigo mi vida y llenar mi diario de ti.

Que el tiempo pasa de estático carámbano a fugaz vapor cuando estás conmigo, cuando estoy contigo.

Que te extraño en la noche, en el día, en el presente sea cual sea... y no descansaré en paz hasta que sepa que sientes lo mismo, o al menos eres feliz. Conmigo, apostilla mi egoísmo. Contigo, mi amor.


Quién iba a decirme que el fatum, si acaso existe, estaba esa noche despierto, como yo, leyendo aquellas líneas, y que el karma veía justo que redimiese mis malas acciones con su acontecimiento.

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lunes, 4 de mayo de 2009

09.45 a.m.

¿Alguna vez habeis sentido amor por algún sitio? ¿Alguna vez os ha invadido ese sentimiento nostálgico al recordarlo si acaso estabais lejos, o un profundo cariño si estabais en él? Amor patriótico o como deseéis llamarlo...

Debe ser bonito. Yo jamás lo sentí.

Pero debo confesar, en honor a la verdad, que estuve cerca, muy cerca... Lo rocé con las manos pero no pude agarrarlo. No hubo tiempo. Tengo que irme.


Aquella fue la primera noche de mi vida. En esta ocasión la había llevado yo a ella a un lugar especial, a un lugar recóndito, seguro, protegido de las miradas de aquellos a quienes -y éste es mi mayor pecado- temía.

En cuanto pisó el suelo de aquel lugar, todo tornó más cálido, más acogedor. Supe en aquel instante que jamás volvería a andar sobre él sin pensar en ella... y jamás lo hice.

Me resultaba chocante: hasta entonces siempre había sido ella quien me había trasladado a su mágica sala, llena de historias, y ahora era yo quien le daba la mano en un territorio desconocido para ella, completamente vacío... y en nuestras manos quedaba el llenar sus paredes de historias.

Visita inesperada. Oculta en la oscuridad. Fueron unos minutos eternos. Después de aquello, la luz volvió a aquel lugar, y el tiempo recobró la velocidad que siempre tenía en su presencia: la mayor.

Apagamos las luces. Su cuerpo se acercó al mío. La simpleza, el vacío... hacían de todo aquello algo más bello. Cerca se oía el repicar de las campanas, marcando las horas cada minuto.

Los dedos de sus pies chocaban con los míos, al igual que nuestra ropa, nuestras manos, nuestros labios...

"¿No duermes?", preguntaba. Y, ¿para qué dormir? Soñaría con ella, conmigo, en un lugar especial... ¿No es lo que tenía? Quería aprovechar cada segundo, quería ocupar mi recuerdo con su presencia, con su cercanía, con su olor y su calor, con su respiración, con su vocecilla que, por susurrante que fuera, ocupaba el vacío de la habitación y sus paredes nos la traían de vuelta.

Y entonces vi la luz del alba colándose por la ventana, recordándome a un enemigo que había estado amenazando con el repicar de las campanas, el único capaz de arrebatármela... que ahora arribaba con los rayos del Sol.

Tengo que irme.

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sábado, 25 de abril de 2009

Ausencia

La cama es la mesa de operaciones del miedo y los recuerdos. Debería resignarme a dormir en el patio, como los perros. Hoy me ha asaltado un poema que recuerda su...


Ausencia

Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.


Es curiosa la forma que el destino tiene de jugar a los dados.

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jueves, 23 de abril de 2009

Caótica

Hoy es uno de esos días en los que preferiría seguir dormido. Hoy es uno de esos días en los que, como en otros tantos, maldigo mi suerte. Hoy, de nuevo, he vuelto a tener ese sueño, en una de sus múltiples formas. Y aún es pronto para contarlo, de modo que seguiré por donde lo dejé.

Pasaban los días. Mi vida giraba vertiginosamente en un frenesí que empezaba con lo mismo que terminaba: ella. Deseaba despertar para poder verla y, al despedirnos, rezaba por que las agujas del reloj se moviesen tan rápido como cuando estaba con ella para que pasara el resto del día y empezara el siguiente, en el que nos reencontraríamos.

Y, en los ratos en que no estaba a mi lado, pasaba las horas escribiendo aquello que sentía, aquello que me inspiraba, desnudando mi interior y mostrando claro y limpio el espejo del alma.

Es normal ver, leer o escuchar historias de amor plagadas de besos, de abrazos, de sexo... Hasta ahora quizá hayas pensado que ésta sería otra más... y no diré que no: quizá sea otra más, pero con algo más.

Los fantasmas que con más constancia vienen a visitarme no son los besos, abrazos o el sexo...

Recuerdo sus manos acariciando mi rostro con mucho cuidado, tiernamente, como si fuera un tesoro, tratando de no dañarlo pero con la sensación de que nadie podría quitárselo de entre sus dedos; dibujando líneas en mis mejillas, rojas siempre que ella estaba presente, y rozando mi frente.

Recuerdo también su cabeza apoyada en la mía, con sus ojos cerrados y con una sonrisa de media luna reflejando la paz que ambos sentíamos al permanecer unidos de algún modo.

Era una felicidad simple y a la vez complicada: sólo con su presencia las mariposas llenaban mi estómago y me sonrojaban las mejillas, provocando en mí la más absoluta de las satisfacciones. Por otro lado, aún no alcanzaba a comprender cómo había logrado amarla tan profundamente en el espacio de una semana, lo cual hacía de todo aquello algo insondable, confuso y complicado... un mar agitado del que no quería salir.

En muchas ocasiones me llevaba a una pequeña habitación llena de objetos mágicos, con las paredes cubiertas de cientos de historias, protegido por dos criaturas cuyos pelos flotaban en el aire. Allí dentro siempre hacía calor. Allí dentro siempre se sentía uno protegido, guarecido contra el exterior, tan salvaje e imprevisible... si bien aquel lugar estaba también plagado de sorpresas.

Su forma de ser era atractivamente caótica, aparentemente invulnerable, completamente defendida... Mas, al estar conmigo, advertía en su expresión cierta inseguridad, como si todas aquellas defensas se convirtiesen en papel y no tuviese otro modo de protegerse que agachar la mirada. Sus ojos me decían lo que sus labios -o más bien su voz- no se habían atrevido a decir. Yo, insaciable de ella, me llegué a convencer de que ella no será así, no será de las que digan...

En aquella ocasión parpadeó muy rápidamente. Me dio un beso de buenos días y permanecimos abrazados hasta que hubo que moverse. Comencé a andar, y no me percaté de que ella se había quedado parada hasta que su brazo tiró del mío, pues nuestras manos estaban unidas. Me acercó hasta tenerme a unos milímetros de ella y, entonces, me susurró al oído:

...te quiero.

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jueves, 16 de abril de 2009

Magia

Esta vez buscaban algo más que simplemente mi mirada, algo más que una sonrisa o un beso.

Venit, vidit, vincit... Si acaso no resultara tan antiestético, aseguraría que se trató de un blitzkrieg: pasó de ser aquella figura que tanto llamaba mi atención a lo único a lo que ahora podía prestarla en cuestión de días.

No había pasado ni tan siquiera una semana cuando, bajo un cielo despejado, ya premonitor del estío que tan cerca quedaba, permanecimos callados durante varios minutos disfrutando del mágico instante que otorga el silencio que, con los ojos cerrados, es roto por una respiración que sabes que pertenece a esa persona, que sabes que está a tu lado...

¿Recuerdas lo que mamá decía de que "la magia no existe"? Es mentira.

Su dulce voz acarició la brisa cálida llegando a mi oído... Ella convertía cada instante en único.

-Dicen por ahí que estamos juntos -me dijo en tono divertido, aunque había algo en aquella melodía que no armonizaba, una nota... ¿triste?, apenas perceptible, que me hizo abrir los ojos y observarla. Sonrió al instante, provocando mi sonrisa, y si no es esto felicidad, ¿qué demonios lo es?

-¿Y no es así? -pregunté, acercándome muy despacio.

-Algunas personas me han preguntado, pero no sé qué contestar -sus hombros se encogieron tímidamente, y su rostro se volvió enigmático por unos instantes.

Había algo en todo aquello que era simple cuestión de nomenclatura: ser, estar, permanecer...

Miré, como acostumbré a hacer cada vez que quería ver un nuevo cielo, profundamente sus ojos. Esta vez buscaban algo más que simplemente mi mirada, algo más que una sonrisa o un beso. Buscaban, en definitiva, algo que estaba en mis manos y que yo, temeroso de asustarle, no sabía si debía o no hacer:

-¿Quieres salir conmigo? -pregunté, finalmente.

La luz volvió a acomodarse en sus pupilas y, sonriendo, asintió una y otra vez para terminar abrazándome.

Había perdido de vista sus ojos, tan inquietantes y, a la vez, guías. Al separarme de ella volví a verlos: esta vez, como tantas otras, no hacía falta que buscaran nada.

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sábado, 11 de abril de 2009

11.30 a.m.

Todo sucedió muy rápido.

En cuestión de semanas, dejó de ser aquella mujer preciosa para convertirse en una de mis más fieles confidentes, y lo mismo al revés.

Sus ojos lograban permanecer más tiempo sobre los míos sin huir como quemados, y yo ya no tenía por qué buscar excusa alguna para observarla, pues pasábamos largos ratos compartiendo recuerdos, sentimientos, opiniones... -si bien ahora yo mismo me preguntaba cada vez más profundamente por qué afloraba en mi interior la necesidad de permanecer junto a ella, a lo que me contestaba con evasivas, con justificaciones con las que parecía querer negarme lo que se estaba convirtiendo en un hecho.

Su cuerpo y su gesto, aunque frágiles todavía, parecían ir ganando confianza, y junto con su mirada me iban abriendo el paso al interior de su mente. Así lo hice yo también.

Mi recuerdo estaba plagado de pequeños recortes de los momentos que compartíamos, y me atacaban desde la fantasía creando collages de lo que desde lo más hondo deseaba. Su perfume me asaltaba en cada esquina, su silueta en la lejanía, su rostro en cada mujer... No podía negar lo innegable, de modo que me desligué de aquélla a la que tiempo atrás amé, pues no consideraba justo que tuviera mi cariño pero no mi anhelo, mi deseo... aunque quizá sea pronto para hablar de algo más.

Junto a ella me sentía como un héroe. Si bien yo mismo navegaba en cierto modo a la deriva, estar con ella me mostraba una luz entre la niebla. Es cierto que la luz podría provenir de un faro, en el mejor de los casos, o de una hoguera pirata en una orilla desierta... Pero me otorgaba una paz y seguridad místicas.

Llegó el día en que, siendo ya libre, me confesó su sentimiento: era el mismo que el mío. Sus ojos no se atrevieron a mirarme al pronunciar tales palabras, y sus labios se entrecerraban tímidos mientras el volumen de su voz caía hasta el susurro. Mi estómago empezó a burbujear, a arder, y el calor ascendía hacia mi cuello y me anudaba la garganta. Sentía pulsaciones en las sienes, era perfectamente consciente de que estaba más rojo que el carmín... pero, a su lado, lo mío era simplemente un leve sonrojo. Sonreí, ahora mismo no recuerdo muy bien si con el rostro o con mi propia alma, pero sonreí. Esa noche mi estómago -o lo que demonios fuera aquello- no me dejó dormir.


A la mañana siguiente todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre cuyo calor me achicharraba sin que me diera cuenta más que ocasionalmente, pues mi mente se hallaba demasiado ocupada para reparar en tal detalle. Ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara algo como le había prometido... Era aquello, claro. Sus ojos me miraban intentando escrutar mi interior, me desvencijaban, me desarmaban... La lucha, sin duda, se decantaría por ella si acaso le permitía seguir adentrándose en mí unos segundos más. Rodeé su cuerpo con mi mano izquierda y la sostuve con delicadeza tal como si de un diamante se tratara, y la besé en los labios. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y me dijo: ¡Ahí va con los gallegos!


Desperté en mi cama. Era la hora de irse. Al parecer mi cuerpo había logrado evadir el ardor de mi nerviosismo, ignorar el burbujeo en mi estómago, permitiéndome así echar una breve cabezada antes del alba, en la que había soñado todo aquello. Ahora era realmente aquella mañana siguiente, y todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre. Como en el sueño, ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara aquello. Sus ojos me miraban con la misma tierna fiereza que había experimentado en mi cama, y así mismo sucedió lo siguiente: rodeé su cuerpo y la besé en los labios. Mi sueño había sido capaz de reproducir todo lo anterior, sin embargo ni siquiera se aproximó a la realidad de aquel preciso instante: éste, sin duda, es otro de estos fenómenos inexplicables con simples palabras. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y no dijo nada.

Me abrazó, dando respuesta a aquel primer fenómeno con otro más.


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jueves, 9 de abril de 2009

Dentro y fuera

Llamémoslo casualidad. Llamémoslo milagro. Lo cierto es que la estadística y la probabilidad tienen una forma curiosa de jugar a los dados.

Mentiría si dijese que nunca antes me había fijado en ella: su cuerpo pequeño pactaba con sus gestos cada movimiento, creando juntos una sensación de fragilidad y misticismo que jamás había visto ni volvería a ver. Aquellos ojos en sombras se clavaban con fiereza sobre cientos de puntos durante milésimas para después mirar a otro lado, rápidos como el aleteo de un colibrí. Su cabello, como el mismo cielo, un día estaba claro y otro oscuro. Su nariz, tímida, asomaba desde su rostro amarillento mientras debajo sus labios se movían diciendo algo distinto a lo que su voz reproducía. Y su cuello... Su cuello se cubría de pelitos rubios que temblaban cuando algo rozaba aquella parte de su cuerpo. Y su cuerpo... Qué decir de este último sino que lo tenía perfectamente estudiado, al menos aquello que se podía ver a simple vista, hasta aquel día.

La belleza es algo cambiante, como el cielo, como su cabello. Puedes conocer a una persona con una figura perfecta -algo perfectamente subjetivo, pues es subjetivamente perfecta- y que al conocer lo que no se ve, su físico termine manchado. Puede ocurrir lo contrario: conocer a alguien físicamente deplorable cuyo interior lo convierta en perfecto. Me limitaré a decir que, desde el primer momento, aquella cuyos ojos miraba y me miraban era bellísima, y algo me gritaba al oído que su atractivo no se vería ensuciado por su interior.

Su físico, al menos el que le era permitido observar a mis ojos, era sublime, y creía conocerlo... Cuánto me engañaba.

En ocasiones, interior y exterior se funden creando fenómenos que son inefables, al menos si uno trata de explicarlos con palabras y no con más de aquellos fenómenos, pues no se han inventado palabras para tales sensaciones, para tales sucesos.

Creía conocerla, creía conocerlo... y entonces me abrazó, y la simple palabra abrazo no explica en absoluto lo que recorrió mi mente al tratar de encajar las piezas de aquel momento que recordaría hasta hoy mismo. Ni tan siquiera la mujer que me había hechizado tiempo atrás había nunca atravesado el simple significado de diccionario de aquella palabra, nunca me había ofrecido más calor que una simple columna de piedra, y ahora me encontraba rodeado por aquellos brazos... no rodeado, sino dentro de aquellos brazos, dentro de ella, sintiendo su cuerpo, su exterior, pero también rozando su espíritu, su emoción, la mía.

Y por primera vez alguien me abrazó y sentí. Y mi cuerpo, pero también mi espíritu, se cubrieron de pelitos rubios que temblaban.

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domingo, 5 de abril de 2009

Verde

Era una de esas tardes de primavera novata, en las que Frío y Calor luchan por cada centímetro cuadrado: aquél con su hálito cargado de nieve aún fresca de las montañas y el otro con ayuda del Astro Rey. Día de júbilo, día de recompensas... o, al menos, día de calma aunque todos éramos conscientes de que duraría más bien poco. La cuestión, por entonces, era no pensar en ello.

De aquel primer día llena mi cabeza una imagen -verás, a medida que vaya limpiando este reflejo, que esto es algo recurrente en mis memorias que en ocasiones se erigen alrededor de sucesos banales en apariencia-: su torso, extendido sobre la verde yerba, cubierto por un fino tejido también verde y aquella música emanando de su vientre.

Era un día de esperanzas, conversaciones entrecortadas, tímidas, ocultas entre superfluas charlas para despistar. Nos acercábamos y alejábamos ritualmente para mantener la compostura y no levantar sospechas: el temor nos llevaba a agachar la cabeza y tragar ruidosamente, enrojeciendo; el deseo era el que decía que quizá algún día nuestros labios se unirían, quién sabe, y el que nos movía a dirigirnos la palabra por cualquier cosa, sumando mentalmente los segundos que hablábamos, los que estábamos juntos, los que estábamos solos aunque rodeados de gente.

Todos aquellos tonos, todos aquellos matices... El Sol en mi rostro, su rostro frente al mío, la luz que emanaba de aquellos ojos oscuros...

Y entonces marché, llevándome parte de aquel color en mi maleta, y aunque sabía que nunca podría olvidar aquellos mágicos instantes, jamás hubiera creído que tiempo después mi mente tendría que albergar su recuerdo como algo más que simples fotogramas.

Éste es el comienzo, teñido de verde.


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miércoles, 1 de abril de 2009

Prólogo

¿Cómo comenzar una historia? Es una pregunta que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿qué estudios escoger?, ¿tener o no pareja?, ¿cómo pedirle salir a esa persona?... Si nunca te lo has planteado, va siendo hora de que lo hagas, pues de una historia es el comienzo y el final lo que más solemos recordar, y es duro cargar con un recuerdo abominable.

Viene a mi mente... Quedaría precioso comenzar: "De aquella historia sólo recuerdo el principio y el final", ¿verdad? O: "De aquel episodio de mi vida todo es turbio como el mar agitado bajo el magnetismo del astro de plata"... o algo que tuviera tal musicalidad, que sonara muy rodeado pero bello, algo que crease un choque en el lector, algo que te dejara a ti -sí, a ti- clavado en el sitio con los ojos muy abiertos.

Lo cierto es que no comenzaré de ninguna de estas formas, pese a que ya he comenzado así -puedes entenderlo como una excusa para escribir estos comienzos aunque no sean ciertos; yo mismo así lo hago-. Si acaso sólo tuviese en mis manos los cabos de aquella soga, no estaría contando esta historia y tú no estarías leyéndola. El problema es justo el contrario: recuerdo cada uno de los momentos, cada instante, cada segundo... y lo único que perdió mi memoria por el camino fue aquello que, rodeando cada escena, no fue objeto de nuestra interacción... -seguro que, a estas alturas, ya comienzas a entender.

Algunos pensarán que, entonces, no hay de qué preocuparse: aquellos sucesos no le pesarán tanto si ha olvidado el entorno en que sucedieron... Lo cierto es que, de nuevo, el problema es el doble filo de mis palabras, y es que en ningún momento ni tan siquiera reparé en aquellos detalles, superfluos a mi entender. Todo mi recuerdo gira en torno a su imagen y a aquello con lo que interactuó. Con lo que no lo hizo, jamás cargué, lo cual hizo más pesada la otra carga.

En definitiva, y volviendo al comienzo, de la soga de esta historia lo recuerdo todo, todo aquello que tiene algún valor, todo lo que tiene algún peso y, rodeándome el cuello con ella, me lancé al mar.

Empezaré por el principio.

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viernes, 27 de marzo de 2009

El espejo del alma

Quizá te preguntes qué demonios voy a contarte. Quizá tu mente esté esperando recibir la narración de sucesos excepcionales, irrepetibles... Sucesos que jamás podrían llegarte a ocurrir, sucesos que nunca sucederán. Sería catártico, ¿verdad?

¿Qué buscas viniendo aquí? ¿Qué quieres encontrar?

Esperas descubrir un rincón plagado de aventuras, una vida que ojalá pudiera tener... a lo mejor porque la tuya es demasiado aburrida, o demasiado acelerada. Buscas regodearte en los mejores momentos, buscas llevar tu mente lejos donde nadie pueda encontrarte -al menos durante unos minutos-, buscas desahogar la tensión que te provoca vivir en ti y no en mí (aunque debería decir en quien tú me crees).

Aunque... Hay dos cosas que aprendí en esta vida: la primera, que nada es lo que parece; la segunda, que todo tiene un doble filo (incluso esto puede ser, al fin y al cabo, lo mismo). ¿Estás aquí para recrearte en quien tú me crees o, por el contrario, para reafirmarte en la idea de que tu vida es inmensamente superior a la del resto? Quién sabe, puede que seas tan especial que quieras conocerme para, con mi desgracia, convencerte de lo agraciado que eres. ¿Es eso malo? De veras que no: demuestra que eres capaz de mirar más allá de tu ombligo y te planteas que los demás también sufren. Yo no.

¡Aguarda un momento! Quizá, al fin y al cabo, simplemente hayas caído aquí por error o por casualidad -dos filos de una misma espada-. No seré yo quien te eche, pero he de confesar que...

... a los que vengáis buscando consuelo, no lo encontraréis; a los que vengáis buscando aventuras exóticas, no las encontraréis; a los que vengáis buscando un alma, quizá tengáis suerte.

Permitidme que me desnude y observad mi reflejo. Puede que, al final, me decida por limpiarlo o, directamente, quitarlo de en medio.


La que sigue es una historia apta para todo aquel que no sea como yo. ¿Acaso no puedes continuar?

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