Todo sucedió muy rápido.
En cuestión de semanas, dejó de ser aquella mujer preciosa para convertirse en una de mis más fieles confidentes, y lo mismo al revés.
Sus ojos lograban permanecer más tiempo sobre los míos sin huir como quemados, y yo ya no tenía por qué buscar excusa alguna para observarla, pues pasábamos largos ratos compartiendo recuerdos, sentimientos, opiniones... -si bien ahora yo mismo me preguntaba cada vez más profundamente por qué afloraba en mi interior la necesidad de permanecer junto a ella, a lo que me contestaba con evasivas, con justificaciones con las que parecía querer negarme lo que se estaba convirtiendo en un hecho.
Su cuerpo y su gesto, aunque frágiles todavía, parecían ir ganando confianza, y junto con su mirada me iban abriendo el paso al interior de su mente. Así lo hice yo también.
Mi recuerdo estaba plagado de pequeños recortes de los momentos que compartíamos, y me atacaban desde la fantasía creando
collages de lo que desde lo más hondo deseaba. Su perfume me asaltaba en cada esquina, su silueta en la lejanía, su rostro en cada mujer... No podía negar lo innegable, de modo que me desligué de aquélla a la que tiempo atrás amé, pues no consideraba justo que tuviera mi cariño pero no mi anhelo, mi deseo... aunque quizá sea pronto para hablar de algo más.
Junto a ella me sentía como un héroe. Si bien yo mismo navegaba en cierto modo a la deriva, estar con ella me mostraba una luz entre la niebla. Es cierto que la luz podría provenir de un faro, en el mejor de los casos, o de una hoguera pirata en una orilla desierta... Pero me otorgaba una paz y seguridad místicas.
Llegó el día en que, siendo ya libre, me confesó su sentimiento: era el mismo que el mío. Sus ojos no se atrevieron a mirarme al pronunciar tales palabras, y sus labios se entrecerraban tímidos mientras el volumen de su voz caía hasta el susurro. Mi estómago empezó a burbujear, a arder, y el calor ascendía hacia mi cuello y me anudaba la garganta. Sentía pulsaciones en las sienes, era perfectamente consciente de que estaba más rojo que el carmín... pero, a su lado, lo mío era simplemente un leve sonrojo. Sonreí, ahora mismo no recuerdo muy bien si con el rostro o con mi propia alma, pero sonreí. Esa noche mi estómago -o lo que demonios fuera aquello- no me dejó dormir.
A la mañana siguiente todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre cuyo calor me achicharraba sin que me diera cuenta más que ocasionalmente, pues mi mente se hallaba demasiado ocupada para reparar en tal detalle. Ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara algo como le había prometido... Era aquello, claro. Sus ojos me miraban intentando escrutar mi interior, me desvencijaban, me desarmaban... La lucha, sin duda, se decantaría por ella si acaso le permitía seguir adentrándose en mí unos segundos más. Rodeé su cuerpo con mi mano izquierda y la sostuve con delicadeza tal como si de un diamante se tratara, y la besé en los labios. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y me dijo:
¡Ahí va con los gallegos!Desperté en mi cama. Era la hora de irse. Al parecer mi cuerpo había logrado evadir el ardor de mi nerviosismo, ignorar el burbujeo en mi estómago, permitiéndome así echar una breve cabezada antes del alba, en la que había soñado todo aquello. Ahora era realmente aquella
mañana siguiente, y todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre. Como en el sueño, ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara aquello. Sus ojos me miraban con la misma
tierna fiereza que había experimentado en mi cama, y así mismo sucedió lo siguiente: rodeé su cuerpo y la besé en los labios. Mi sueño había sido capaz de reproducir todo lo anterior, sin embargo ni siquiera se aproximó a la realidad de aquel preciso instante: éste, sin duda, es otro de estos fenómenos inexplicables con simples palabras. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y no dijo nada.
Me abrazó, dando respuesta a aquel primer fenómeno con otro más.

Esta
obra está bajo una
licencia de Creative Commons.