sábado, 25 de abril de 2009

Ausencia

La cama es la mesa de operaciones del miedo y los recuerdos. Debería resignarme a dormir en el patio, como los perros. Hoy me ha asaltado un poema que recuerda su...


Ausencia

Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.


Es curiosa la forma que el destino tiene de jugar a los dados.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 23 de abril de 2009

Caótica

Hoy es uno de esos días en los que preferiría seguir dormido. Hoy es uno de esos días en los que, como en otros tantos, maldigo mi suerte. Hoy, de nuevo, he vuelto a tener ese sueño, en una de sus múltiples formas. Y aún es pronto para contarlo, de modo que seguiré por donde lo dejé.

Pasaban los días. Mi vida giraba vertiginosamente en un frenesí que empezaba con lo mismo que terminaba: ella. Deseaba despertar para poder verla y, al despedirnos, rezaba por que las agujas del reloj se moviesen tan rápido como cuando estaba con ella para que pasara el resto del día y empezara el siguiente, en el que nos reencontraríamos.

Y, en los ratos en que no estaba a mi lado, pasaba las horas escribiendo aquello que sentía, aquello que me inspiraba, desnudando mi interior y mostrando claro y limpio el espejo del alma.

Es normal ver, leer o escuchar historias de amor plagadas de besos, de abrazos, de sexo... Hasta ahora quizá hayas pensado que ésta sería otra más... y no diré que no: quizá sea otra más, pero con algo más.

Los fantasmas que con más constancia vienen a visitarme no son los besos, abrazos o el sexo...

Recuerdo sus manos acariciando mi rostro con mucho cuidado, tiernamente, como si fuera un tesoro, tratando de no dañarlo pero con la sensación de que nadie podría quitárselo de entre sus dedos; dibujando líneas en mis mejillas, rojas siempre que ella estaba presente, y rozando mi frente.

Recuerdo también su cabeza apoyada en la mía, con sus ojos cerrados y con una sonrisa de media luna reflejando la paz que ambos sentíamos al permanecer unidos de algún modo.

Era una felicidad simple y a la vez complicada: sólo con su presencia las mariposas llenaban mi estómago y me sonrojaban las mejillas, provocando en mí la más absoluta de las satisfacciones. Por otro lado, aún no alcanzaba a comprender cómo había logrado amarla tan profundamente en el espacio de una semana, lo cual hacía de todo aquello algo insondable, confuso y complicado... un mar agitado del que no quería salir.

En muchas ocasiones me llevaba a una pequeña habitación llena de objetos mágicos, con las paredes cubiertas de cientos de historias, protegido por dos criaturas cuyos pelos flotaban en el aire. Allí dentro siempre hacía calor. Allí dentro siempre se sentía uno protegido, guarecido contra el exterior, tan salvaje e imprevisible... si bien aquel lugar estaba también plagado de sorpresas.

Su forma de ser era atractivamente caótica, aparentemente invulnerable, completamente defendida... Mas, al estar conmigo, advertía en su expresión cierta inseguridad, como si todas aquellas defensas se convirtiesen en papel y no tuviese otro modo de protegerse que agachar la mirada. Sus ojos me decían lo que sus labios -o más bien su voz- no se habían atrevido a decir. Yo, insaciable de ella, me llegué a convencer de que ella no será así, no será de las que digan...

En aquella ocasión parpadeó muy rápidamente. Me dio un beso de buenos días y permanecimos abrazados hasta que hubo que moverse. Comencé a andar, y no me percaté de que ella se había quedado parada hasta que su brazo tiró del mío, pues nuestras manos estaban unidas. Me acercó hasta tenerme a unos milímetros de ella y, entonces, me susurró al oído:

...te quiero.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 16 de abril de 2009

Magia

Esta vez buscaban algo más que simplemente mi mirada, algo más que una sonrisa o un beso.

Venit, vidit, vincit... Si acaso no resultara tan antiestético, aseguraría que se trató de un blitzkrieg: pasó de ser aquella figura que tanto llamaba mi atención a lo único a lo que ahora podía prestarla en cuestión de días.

No había pasado ni tan siquiera una semana cuando, bajo un cielo despejado, ya premonitor del estío que tan cerca quedaba, permanecimos callados durante varios minutos disfrutando del mágico instante que otorga el silencio que, con los ojos cerrados, es roto por una respiración que sabes que pertenece a esa persona, que sabes que está a tu lado...

¿Recuerdas lo que mamá decía de que "la magia no existe"? Es mentira.

Su dulce voz acarició la brisa cálida llegando a mi oído... Ella convertía cada instante en único.

-Dicen por ahí que estamos juntos -me dijo en tono divertido, aunque había algo en aquella melodía que no armonizaba, una nota... ¿triste?, apenas perceptible, que me hizo abrir los ojos y observarla. Sonrió al instante, provocando mi sonrisa, y si no es esto felicidad, ¿qué demonios lo es?

-¿Y no es así? -pregunté, acercándome muy despacio.

-Algunas personas me han preguntado, pero no sé qué contestar -sus hombros se encogieron tímidamente, y su rostro se volvió enigmático por unos instantes.

Había algo en todo aquello que era simple cuestión de nomenclatura: ser, estar, permanecer...

Miré, como acostumbré a hacer cada vez que quería ver un nuevo cielo, profundamente sus ojos. Esta vez buscaban algo más que simplemente mi mirada, algo más que una sonrisa o un beso. Buscaban, en definitiva, algo que estaba en mis manos y que yo, temeroso de asustarle, no sabía si debía o no hacer:

-¿Quieres salir conmigo? -pregunté, finalmente.

La luz volvió a acomodarse en sus pupilas y, sonriendo, asintió una y otra vez para terminar abrazándome.

Había perdido de vista sus ojos, tan inquietantes y, a la vez, guías. Al separarme de ella volví a verlos: esta vez, como tantas otras, no hacía falta que buscaran nada.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, 11 de abril de 2009

11.30 a.m.

Todo sucedió muy rápido.

En cuestión de semanas, dejó de ser aquella mujer preciosa para convertirse en una de mis más fieles confidentes, y lo mismo al revés.

Sus ojos lograban permanecer más tiempo sobre los míos sin huir como quemados, y yo ya no tenía por qué buscar excusa alguna para observarla, pues pasábamos largos ratos compartiendo recuerdos, sentimientos, opiniones... -si bien ahora yo mismo me preguntaba cada vez más profundamente por qué afloraba en mi interior la necesidad de permanecer junto a ella, a lo que me contestaba con evasivas, con justificaciones con las que parecía querer negarme lo que se estaba convirtiendo en un hecho.

Su cuerpo y su gesto, aunque frágiles todavía, parecían ir ganando confianza, y junto con su mirada me iban abriendo el paso al interior de su mente. Así lo hice yo también.

Mi recuerdo estaba plagado de pequeños recortes de los momentos que compartíamos, y me atacaban desde la fantasía creando collages de lo que desde lo más hondo deseaba. Su perfume me asaltaba en cada esquina, su silueta en la lejanía, su rostro en cada mujer... No podía negar lo innegable, de modo que me desligué de aquélla a la que tiempo atrás amé, pues no consideraba justo que tuviera mi cariño pero no mi anhelo, mi deseo... aunque quizá sea pronto para hablar de algo más.

Junto a ella me sentía como un héroe. Si bien yo mismo navegaba en cierto modo a la deriva, estar con ella me mostraba una luz entre la niebla. Es cierto que la luz podría provenir de un faro, en el mejor de los casos, o de una hoguera pirata en una orilla desierta... Pero me otorgaba una paz y seguridad místicas.

Llegó el día en que, siendo ya libre, me confesó su sentimiento: era el mismo que el mío. Sus ojos no se atrevieron a mirarme al pronunciar tales palabras, y sus labios se entrecerraban tímidos mientras el volumen de su voz caía hasta el susurro. Mi estómago empezó a burbujear, a arder, y el calor ascendía hacia mi cuello y me anudaba la garganta. Sentía pulsaciones en las sienes, era perfectamente consciente de que estaba más rojo que el carmín... pero, a su lado, lo mío era simplemente un leve sonrojo. Sonreí, ahora mismo no recuerdo muy bien si con el rostro o con mi propia alma, pero sonreí. Esa noche mi estómago -o lo que demonios fuera aquello- no me dejó dormir.


A la mañana siguiente todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre cuyo calor me achicharraba sin que me diera cuenta más que ocasionalmente, pues mi mente se hallaba demasiado ocupada para reparar en tal detalle. Ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara algo como le había prometido... Era aquello, claro. Sus ojos me miraban intentando escrutar mi interior, me desvencijaban, me desarmaban... La lucha, sin duda, se decantaría por ella si acaso le permitía seguir adentrándose en mí unos segundos más. Rodeé su cuerpo con mi mano izquierda y la sostuve con delicadeza tal como si de un diamante se tratara, y la besé en los labios. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y me dijo: ¡Ahí va con los gallegos!


Desperté en mi cama. Era la hora de irse. Al parecer mi cuerpo había logrado evadir el ardor de mi nerviosismo, ignorar el burbujeo en mi estómago, permitiéndome así echar una breve cabezada antes del alba, en la que había soñado todo aquello. Ahora era realmente aquella mañana siguiente, y todo sucedió como siempre. Nos reunimos a la misma hora de siempre a hablar en el mismo sitio de siempre, apoyados en el radiador ardiente de siempre. Como en el sueño, ella, a mi costado izquierdo, esperaba que yo le confesara aquello. Sus ojos me miraban con la misma tierna fiereza que había experimentado en mi cama, y así mismo sucedió lo siguiente: rodeé su cuerpo y la besé en los labios. Mi sueño había sido capaz de reproducir todo lo anterior, sin embargo ni siquiera se aproximó a la realidad de aquel preciso instante: éste, sin duda, es otro de estos fenómenos inexplicables con simples palabras. Al separarnos me miró a los ojos sonriendo y no dijo nada.

Me abrazó, dando respuesta a aquel primer fenómeno con otro más.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 9 de abril de 2009

Dentro y fuera

Llamémoslo casualidad. Llamémoslo milagro. Lo cierto es que la estadística y la probabilidad tienen una forma curiosa de jugar a los dados.

Mentiría si dijese que nunca antes me había fijado en ella: su cuerpo pequeño pactaba con sus gestos cada movimiento, creando juntos una sensación de fragilidad y misticismo que jamás había visto ni volvería a ver. Aquellos ojos en sombras se clavaban con fiereza sobre cientos de puntos durante milésimas para después mirar a otro lado, rápidos como el aleteo de un colibrí. Su cabello, como el mismo cielo, un día estaba claro y otro oscuro. Su nariz, tímida, asomaba desde su rostro amarillento mientras debajo sus labios se movían diciendo algo distinto a lo que su voz reproducía. Y su cuello... Su cuello se cubría de pelitos rubios que temblaban cuando algo rozaba aquella parte de su cuerpo. Y su cuerpo... Qué decir de este último sino que lo tenía perfectamente estudiado, al menos aquello que se podía ver a simple vista, hasta aquel día.

La belleza es algo cambiante, como el cielo, como su cabello. Puedes conocer a una persona con una figura perfecta -algo perfectamente subjetivo, pues es subjetivamente perfecta- y que al conocer lo que no se ve, su físico termine manchado. Puede ocurrir lo contrario: conocer a alguien físicamente deplorable cuyo interior lo convierta en perfecto. Me limitaré a decir que, desde el primer momento, aquella cuyos ojos miraba y me miraban era bellísima, y algo me gritaba al oído que su atractivo no se vería ensuciado por su interior.

Su físico, al menos el que le era permitido observar a mis ojos, era sublime, y creía conocerlo... Cuánto me engañaba.

En ocasiones, interior y exterior se funden creando fenómenos que son inefables, al menos si uno trata de explicarlos con palabras y no con más de aquellos fenómenos, pues no se han inventado palabras para tales sensaciones, para tales sucesos.

Creía conocerla, creía conocerlo... y entonces me abrazó, y la simple palabra abrazo no explica en absoluto lo que recorrió mi mente al tratar de encajar las piezas de aquel momento que recordaría hasta hoy mismo. Ni tan siquiera la mujer que me había hechizado tiempo atrás había nunca atravesado el simple significado de diccionario de aquella palabra, nunca me había ofrecido más calor que una simple columna de piedra, y ahora me encontraba rodeado por aquellos brazos... no rodeado, sino dentro de aquellos brazos, dentro de ella, sintiendo su cuerpo, su exterior, pero también rozando su espíritu, su emoción, la mía.

Y por primera vez alguien me abrazó y sentí. Y mi cuerpo, pero también mi espíritu, se cubrieron de pelitos rubios que temblaban.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo, 5 de abril de 2009

Verde

Era una de esas tardes de primavera novata, en las que Frío y Calor luchan por cada centímetro cuadrado: aquél con su hálito cargado de nieve aún fresca de las montañas y el otro con ayuda del Astro Rey. Día de júbilo, día de recompensas... o, al menos, día de calma aunque todos éramos conscientes de que duraría más bien poco. La cuestión, por entonces, era no pensar en ello.

De aquel primer día llena mi cabeza una imagen -verás, a medida que vaya limpiando este reflejo, que esto es algo recurrente en mis memorias que en ocasiones se erigen alrededor de sucesos banales en apariencia-: su torso, extendido sobre la verde yerba, cubierto por un fino tejido también verde y aquella música emanando de su vientre.

Era un día de esperanzas, conversaciones entrecortadas, tímidas, ocultas entre superfluas charlas para despistar. Nos acercábamos y alejábamos ritualmente para mantener la compostura y no levantar sospechas: el temor nos llevaba a agachar la cabeza y tragar ruidosamente, enrojeciendo; el deseo era el que decía que quizá algún día nuestros labios se unirían, quién sabe, y el que nos movía a dirigirnos la palabra por cualquier cosa, sumando mentalmente los segundos que hablábamos, los que estábamos juntos, los que estábamos solos aunque rodeados de gente.

Todos aquellos tonos, todos aquellos matices... El Sol en mi rostro, su rostro frente al mío, la luz que emanaba de aquellos ojos oscuros...

Y entonces marché, llevándome parte de aquel color en mi maleta, y aunque sabía que nunca podría olvidar aquellos mágicos instantes, jamás hubiera creído que tiempo después mi mente tendría que albergar su recuerdo como algo más que simples fotogramas.

Éste es el comienzo, teñido de verde.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

miércoles, 1 de abril de 2009

Prólogo

¿Cómo comenzar una historia? Es una pregunta que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿qué estudios escoger?, ¿tener o no pareja?, ¿cómo pedirle salir a esa persona?... Si nunca te lo has planteado, va siendo hora de que lo hagas, pues de una historia es el comienzo y el final lo que más solemos recordar, y es duro cargar con un recuerdo abominable.

Viene a mi mente... Quedaría precioso comenzar: "De aquella historia sólo recuerdo el principio y el final", ¿verdad? O: "De aquel episodio de mi vida todo es turbio como el mar agitado bajo el magnetismo del astro de plata"... o algo que tuviera tal musicalidad, que sonara muy rodeado pero bello, algo que crease un choque en el lector, algo que te dejara a ti -sí, a ti- clavado en el sitio con los ojos muy abiertos.

Lo cierto es que no comenzaré de ninguna de estas formas, pese a que ya he comenzado así -puedes entenderlo como una excusa para escribir estos comienzos aunque no sean ciertos; yo mismo así lo hago-. Si acaso sólo tuviese en mis manos los cabos de aquella soga, no estaría contando esta historia y tú no estarías leyéndola. El problema es justo el contrario: recuerdo cada uno de los momentos, cada instante, cada segundo... y lo único que perdió mi memoria por el camino fue aquello que, rodeando cada escena, no fue objeto de nuestra interacción... -seguro que, a estas alturas, ya comienzas a entender.

Algunos pensarán que, entonces, no hay de qué preocuparse: aquellos sucesos no le pesarán tanto si ha olvidado el entorno en que sucedieron... Lo cierto es que, de nuevo, el problema es el doble filo de mis palabras, y es que en ningún momento ni tan siquiera reparé en aquellos detalles, superfluos a mi entender. Todo mi recuerdo gira en torno a su imagen y a aquello con lo que interactuó. Con lo que no lo hizo, jamás cargué, lo cual hizo más pesada la otra carga.

En definitiva, y volviendo al comienzo, de la soga de esta historia lo recuerdo todo, todo aquello que tiene algún valor, todo lo que tiene algún peso y, rodeándome el cuello con ella, me lancé al mar.

Empezaré por el principio.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.