Viene a mi mente... Quedaría precioso comenzar: "De aquella historia sólo recuerdo el principio y el final", ¿verdad? O: "De aquel episodio de mi vida todo es turbio como el mar agitado bajo el magnetismo del astro de plata"... o algo que tuviera tal musicalidad, que sonara muy rodeado pero bello, algo que crease un choque en el lector, algo que te dejara a ti -sí, a ti- clavado en el sitio con los ojos muy abiertos.
Lo cierto es que no comenzaré de ninguna de estas formas, pese a que ya he comenzado así -puedes entenderlo como una excusa para escribir estos comienzos aunque no sean ciertos; yo mismo así lo hago-. Si acaso sólo tuviese en mis manos los cabos de aquella soga, no estaría contando esta historia y tú no estarías leyéndola. El problema es justo el contrario: recuerdo cada uno de los momentos, cada instante, cada segundo... y lo único que perdió mi memoria por el camino fue aquello que, rodeando cada escena, no fue objeto de nuestra interacción... -seguro que, a estas alturas, ya comienzas a entender.
Algunos pensarán que, entonces, no hay de qué preocuparse: aquellos sucesos no le pesarán tanto si ha olvidado el entorno en que sucedieron... Lo cierto es que, de nuevo, el problema es el doble filo de mis palabras, y es que en ningún momento ni tan siquiera reparé en aquellos detalles, superfluos a mi entender. Todo mi recuerdo gira en torno a su imagen y a aquello con lo que interactuó. Con lo que no lo hizo, jamás cargué, lo cual hizo más pesada la otra carga.
En definitiva, y volviendo al comienzo, de la soga de esta historia lo recuerdo todo, todo aquello que tiene algún valor, todo lo que tiene algún peso y, rodeándome el cuello con ella, me lancé al mar.
Empezaré por el principio.

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