miércoles, 26 de mayo de 2010

Explícito

No he conseguido alejarme demasiado del puerto. Una vida llena de humedad y barcos zarpando no puede sino anclarse a un lugar como éste. Si te llevas mi cuerpo tendré que decidir cuál de las dos mitades se queda con el corazón, y probablemente permaneciese aquí, helándose en la fría mañana que rodea al río.

Pienso en las personas que zarparon. Pienso en las personas que zarpan. La perspectiva de aquél que espera en tierra sin saber a quién es, cuanto menos, doblemente triste: la amargura de la soledad al descubrir los reencuentros, la amargura de la despedida al presenciar las separaciones.

Los barcos no suelen encallar a mitad de camino. Los barcos no se detienen. No hay lugar a que toda su estructura frene en seco y permita que algún pasajero se apee y vuelva corriendo a los brazos de otra persona, o en busca de algún objeto olvidado. Si alguien ha olvidado algo o ha recordado a alguien... entonces ha de empaparse, ha de calarse hasta los huesos, y cuando salga de las negras aguas del río ¿quién sabe si el Sol estará allí para calentarlo?

Pero no siempre fue así: las cosas no siempre se sucedieron tan ajenas. Hubo un tiempo en que era yo quien esperaba el regreso o la venida de una figura, conocida o desconocida. Sin embargo, todas esas figuras permanecieron estáticas en la proa del barco, asomadas tímidamente sin descubrir el rostro. A veces vi siluetas donde no las había.

Esta última vez fue distinto: esperaba cierta figura pero no apareció en una llegada sino en una marcha. Despidiéndose de otra persona se subió al barco y, entonces, recordó a otra: se apeó, se empapó, se caló hasta los huesos, salió, me abrazó, me empapó... y entonces volvió a subir a otro barco que fue de la mano del Sol. Mientras yo me contentaba con caminar hacia atrás, frío, chorreando.

Comenzó la tormenta. La ropa tarda mucho en secarse cuando llueve.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ego

Aún hace frío. Las gotas se van apagando gradualmente hasta que sale el Caprichoso, reflejado en la muralla negra separadora de suertes y destinos. En un soplo de... ¿Aire?... creí haber perdido los papeles, papeles en blanco, pronósticos de días mejores. El viento se aferra a la curiosa idea de que todos vivimos la misma historia, pero pienso -o al menos espero- cambiarla.

Detrás de los coches aparcados a uno y otro lado de esta calle empedrada del puerto me sigue una figura agachándose una y otra vez, tratando de ver sin ser vista, tratando de acompañarme mientras, cada cierto número de pasos, me detengo y saco mi esencia para escupirla en estos papeles: me decidí a contar una historia, pero parece que la escritura como catarsis es reincidente a este lado del río.

Con el rabillo del ojo la observo: silueta menuda, veloz pero a la vez torpe a la hora de ocultarse, decidiendo lugares robustos pero sin tener en cuenta que el Sol ha salido y las sombras a veces son más delatoras que los propios cuerpos que las proyectan. Continúa, sígueme de cerca: sus pasos no se oyen pero su presencia se percibe como si estuviera en mi bolsillo.

Una turba de gente, una enorme muchedumbre se acerca galopante. La silueta se difumina entre los transeúntes: quizá le haya visto la cara y ni siquiera sea consciente de ello. Alguien, algo, me toca. Una profunda sensación de pesadumbre me tira del pelo hacia abajo, recubre mis brazos con pesada carga, apisona mis hombros: el Sol desaparece, comienza a llover y las palabras que estaban escritas en estos papeles se pierden, de nuevo.

Sólo soy consciente de mi propio yo, de mi individualidad frente a toda la masa. Soy egoísta, egocéntrico, ególatra, egotista... Yo, mí, me, conmigo. Quizá siempre sea la misma historia porque sea la monografía de un ser cuya catarsis siempre es en relación a lo mismo. Las lágrimas irrumpen en la trastienda de los ojos, tratan de hacerse notar. Si pudiera llorar... os dejaría libres.

Pero no puedo. Mi labio inferior se eleva, tratando de guardar el grito que quiere prorrumpir afuera. Ayer fue día de tristezas.

Pero arriba el Sol brilla con fuerza, la gente no es muchedumbre y no va en el sentido contrario: son personas, individuos que llevan sus propios folios emborronados, individuos sobre los que la lluvia también cae. Me detengo y observo los papeles: la escritura sigue ahí, sus palabras no se han disuelto.

Contienen algo de valor: contienen la figura que, huidiza de la mirada, trata de perseguirme sin que la vea; contienen ecuaciones que ya no hay que volver a demostrar: ya las tacharé si son falsas; contienen referencias constantes a la lluvia, a las nubes que cubren el esplendoroso Sol, y la realidad más perniciosa que va con uno mismo y no es tan torpe como la tristeza a la hora de esconderse: que el Sol no es caprichoso, sino que hay que aprender a ver cuando uno mismo se está ocultando de Él.

Miradlos bien. No se han borrado. Pero guardadlos en el bolsillo. Dejad que sea la propia luz la que muestre a vuestros persecutores. Quizá hasta os hagáis amigos.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

martes, 18 de mayo de 2010

Caminando

A veces me detenía mientras caminábamos junto al río, a veces sostenía mi mano mientras se quedaba estática como una pirámide y dejaba que la brisilla contaminada azotase su pelo, que terminaba en algún momento quedando entre sus labios y los míos. Las historias de amor siempre son iguales: siempre hay uno que quiere más, siempre hay uno que sufre, siempre hay uno que paga lo que no compró, siempre hay uno que siente lo que otro no.

Esas veces me observaba con su pueril mirada, después la clavaba en el suelo y su boca se desencajaba atraída por él. Maldita niña loca. Tenía una sonrisa... Tenía una sonrisa, pero no sé dónde se la dejó.

Ladrona de sueños, hiladora de tópicos, ella era su propia estrella, su mundo giraba en torno a sí misma y alrededor de ella siempre había uno o más astros satélites, dando vueltas y vueltas, buscando su rostro eclipsado. Maldita araña tejedora de sueños, brillantes y pegajosos... Aún...

Y se repiten las historias, sólo cambian los personajes: de nuevo está el que quiere más, el que sufre, el que paga lo que no compró y el que siente lo que otro no. Qué cantidad de estupideces es capaz de elaborar la razón. Qué cantidad de estupideces es capaz de cometer el hombre pensante.

Y ahora pienso mientras me alejo con este papel en blanco en todas las tonterías que llegué a hacer en algún momento. Quizá caminar sea una tontería en sí misma, pero por ahora quiero seguir haciendo el tonto. Puede que algún día no quiera. Ese día espero estar lejos del puente. No quiero terminar siendo la motivación de caminar de otro sujeto perdido entre los dientes de una sonrisa que nunca se ha visto, no quiero ser tan necio como para pensar... simplemente.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes, 7 de mayo de 2010

De la ciudad a la mente

Es incertidumbre lo que veo en el gentío. Esas risas son tan poco agradables como una palmadita en una espalda recién quemada, tan poco estimulantes porque en realidad no han comprendido que las palabras, aunque en apariencia vestidas de bondad, simpatía y cierta jocosidad no son más que la proyección de una profunda tristeza que abate a la persona que tienes delante de ti, que no sabe muy bien dónde estás vendiendo tu alma; y el gesto es en su concepción alegre y conmovedor, pero en su significado es desazón, pues sabe que no has entendido ni la mitad de sus palabras y que tu sonrisa es un modo de disimular la vergüenza que te produce no haberlo hecho, cuando su objetivo era que reparases en la razón por la que sí deberías avergonzarte.

Es tan críptico a veces al hablar que piensas que en realidad emplea otro idioma. Pobre de ti, pues no sabes que en realidad adorna con guirnaldas palabras que de otro modo sonarían duras, y que en la mera estética es donde te quedas. No es un poeta, si acaso su obra está desvaneciéndose tanto más rápido cuanto más tiempo tardó en construirse.

Dónde estarás vendiendo tu alma que ni tú lo sabes.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes, 3 de mayo de 2010

Ponto Euxino

A estas alturas debería haber aprendido algo: la cuestión es que no lo he terminado de hacer. Y es comprensible, pues si lo hiciera quedaría recluido motu proprio en una torre de marfil o sería desterrado a orillas de un mar oscuro y frío, plagado de soledad a cada paso en la arena mojada, casi barro, fango tenebroso de la marchita distancia que, dibujada en el horizonte, no apuntaría siquiera cerca de donde se hallase mi más cercano congénere.

No estoy allí, no me han sometido al ostracismo físico, pero estos pensamientos no brotarían alrededor si no siguiese clavado a la apestosa hierba. Debería moverme. O debería seguir esperando. El asunto es que casi se me ha olvidado la razón por la que llegué aquí, y sólo puedo pensar en mí y en la palidez de su vacuo rostro.

Alguien llama a la puerta de mi mente, y no es el viento que sopla huracanado levantando las hojas que cayeron antes de tiempo... Es la memoria. Es una tortura, es una broma del pasado, es una prueba empírica de que o no soy humano o la selección natural metió la pata hasta el fondo de este depósito de fango.

Es mi maldición personal el recordar cada detalle, y me pregunto qué valor positivo puede tener. Por supuesto, no es agradable, pero todo tiene su sentido, ¿no es así? Debería haber... ¿aprendido? Sí, de los errores... Pero no es el caso.

No estoy en el lejano mar, pero estoy en el río, helado y solitario, mientras sopla un vendaval que habría de dar con todos los barcos en el fondo, allí donde la luz sólo ilumina ciertos colores.

Pasa un barco, un barquito, de metal, de madera, de papel. Y un soldadito de plomo que me observa como el reo que espera en el corredor y mira a su compañero que marcha hacia el final.

Y quizá ésta sea la continuación de la continuación de la continuación de la historia de cómo perder la cabeza por lo que fue sin ser capaz de ver lo que es.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.