Pienso en las personas que zarparon. Pienso en las personas que zarpan. La perspectiva de aquél que espera en tierra sin saber a quién es, cuanto menos, doblemente triste: la amargura de la soledad al descubrir los reencuentros, la amargura de la despedida al presenciar las separaciones.
Los barcos no suelen encallar a mitad de camino. Los barcos no se detienen. No hay lugar a que toda su estructura frene en seco y permita que algún pasajero se apee y vuelva corriendo a los brazos de otra persona, o en busca de algún objeto olvidado. Si alguien ha olvidado algo o ha recordado a alguien... entonces ha de empaparse, ha de calarse hasta los huesos, y cuando salga de las negras aguas del río ¿quién sabe si el Sol estará allí para calentarlo?
Pero no siempre fue así: las cosas no siempre se sucedieron tan ajenas. Hubo un tiempo en que era yo quien esperaba el regreso o la venida de una figura, conocida o desconocida. Sin embargo, todas esas figuras permanecieron estáticas en la proa del barco, asomadas tímidamente sin descubrir el rostro. A veces vi siluetas donde no las había.
Esta última vez fue distinto: esperaba cierta figura pero no apareció en una llegada sino en una marcha. Despidiéndose de otra persona se subió al barco y, entonces, recordó a otra: se apeó, se empapó, se caló hasta los huesos, salió, me abrazó, me empapó... y entonces volvió a subir a otro barco que fue de la mano del Sol. Mientras yo me contentaba con caminar hacia atrás, frío, chorreando.
Comenzó la tormenta. La ropa tarda mucho en secarse cuando llueve.

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