Siempre le dijeron lo mismo, como si fuera una regla metodológica indispensable para el correcto funcionamiento del engranaje de todo lo que aquí se mueve. Y es curiosa la forma en que la profecía se cumple. Pero es fácil cumplirla cuando va a posteriori.
Dejémonos de juegos.
Hoy he mirado a través de la ventana la mezcla de vaho y niebla, interior y exterior, y no he reconocido quién era quién. Hoy he pensado en el bulto del cuello y me he quejado de la cicatriz en los ojos. Hoy he remendado la manga de esta lámpara que apenas brilla y he decidido que no voy a volver a salir. Hoy me he emborrachado con un incienso que huele a barba. Hoy he dejado, como siempre, que la corriente siga su curso sin poner más que el rostro flotando sobre ella para que me moje las pestañas. Hoy he leído tu poesía: he soplado tu lujuria y la he apagado, y he dejado que sus gotas de cera caliente se acomoden en mi brazo.
Y he pensado que , después de tanto tiempo, si me decido ahora a arrancarla quizá dolerá más que la vez que dejé que cayera sobre la piel.
Y, después de todo, la marca seguiría en el mismo sitio.
Se aprende más de las estupideces que de los aciertos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Las marcas siguen ahí, aunque puedes modificarlas con el tiempo gracias a la Eight Hour Cream, de Elizabeth Arden. ¿Para qué servirá? Aing...
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