Debe ser bonito. Yo jamás lo sentí.
Pero debo confesar, en honor a la verdad, que estuve cerca, muy cerca... Lo rocé con las manos pero no pude agarrarlo. No hubo tiempo. Tengo que irme.
Aquella fue la primera noche de mi vida. En esta ocasión la había llevado yo a ella a un lugar especial, a un lugar recóndito, seguro, protegido de las miradas de aquellos a quienes -y éste es mi mayor pecado- temía.
En cuanto pisó el suelo de aquel lugar, todo tornó más cálido, más acogedor. Supe en aquel instante que jamás volvería a andar sobre él sin pensar en ella... y jamás lo hice.
Me resultaba chocante: hasta entonces siempre había sido ella quien me había trasladado a su mágica sala, llena de historias, y ahora era yo quien le daba la mano en un territorio desconocido para ella, completamente vacío... y en nuestras manos quedaba el llenar sus paredes de historias.
Visita inesperada. Oculta en la oscuridad. Fueron unos minutos eternos. Después de aquello, la luz volvió a aquel lugar, y el tiempo recobró la velocidad que siempre tenía en su presencia: la mayor.
Apagamos las luces. Su cuerpo se acercó al mío. La simpleza, el vacío... hacían de todo aquello algo más bello. Cerca se oía el repicar de las campanas, marcando las horas cada minuto.
Los dedos de sus pies chocaban con los míos, al igual que nuestra ropa, nuestras manos, nuestros labios...
"¿No duermes?", preguntaba. Y, ¿para qué dormir? Soñaría con ella, conmigo, en un lugar especial... ¿No es lo que tenía? Quería aprovechar cada segundo, quería ocupar mi recuerdo con su presencia, con su cercanía, con su olor y su calor, con su respiración, con su vocecilla que, por susurrante que fuera, ocupaba el vacío de la habitación y sus paredes nos la traían de vuelta.
Y entonces vi la luz del alba colándose por la ventana, recordándome a un enemigo que había estado amenazando con el repicar de las campanas, el único capaz de arrebatármela... que ahora arribaba con los rayos del Sol.
Tengo que irme.

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Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarSiempre nos quedará una Ciudad Granate. Y eso nunca, hermano, nos lo podrá quitar nadie.
ResponderEliminarTe quiero.