jueves, 23 de abril de 2009

Caótica

Hoy es uno de esos días en los que preferiría seguir dormido. Hoy es uno de esos días en los que, como en otros tantos, maldigo mi suerte. Hoy, de nuevo, he vuelto a tener ese sueño, en una de sus múltiples formas. Y aún es pronto para contarlo, de modo que seguiré por donde lo dejé.

Pasaban los días. Mi vida giraba vertiginosamente en un frenesí que empezaba con lo mismo que terminaba: ella. Deseaba despertar para poder verla y, al despedirnos, rezaba por que las agujas del reloj se moviesen tan rápido como cuando estaba con ella para que pasara el resto del día y empezara el siguiente, en el que nos reencontraríamos.

Y, en los ratos en que no estaba a mi lado, pasaba las horas escribiendo aquello que sentía, aquello que me inspiraba, desnudando mi interior y mostrando claro y limpio el espejo del alma.

Es normal ver, leer o escuchar historias de amor plagadas de besos, de abrazos, de sexo... Hasta ahora quizá hayas pensado que ésta sería otra más... y no diré que no: quizá sea otra más, pero con algo más.

Los fantasmas que con más constancia vienen a visitarme no son los besos, abrazos o el sexo...

Recuerdo sus manos acariciando mi rostro con mucho cuidado, tiernamente, como si fuera un tesoro, tratando de no dañarlo pero con la sensación de que nadie podría quitárselo de entre sus dedos; dibujando líneas en mis mejillas, rojas siempre que ella estaba presente, y rozando mi frente.

Recuerdo también su cabeza apoyada en la mía, con sus ojos cerrados y con una sonrisa de media luna reflejando la paz que ambos sentíamos al permanecer unidos de algún modo.

Era una felicidad simple y a la vez complicada: sólo con su presencia las mariposas llenaban mi estómago y me sonrojaban las mejillas, provocando en mí la más absoluta de las satisfacciones. Por otro lado, aún no alcanzaba a comprender cómo había logrado amarla tan profundamente en el espacio de una semana, lo cual hacía de todo aquello algo insondable, confuso y complicado... un mar agitado del que no quería salir.

En muchas ocasiones me llevaba a una pequeña habitación llena de objetos mágicos, con las paredes cubiertas de cientos de historias, protegido por dos criaturas cuyos pelos flotaban en el aire. Allí dentro siempre hacía calor. Allí dentro siempre se sentía uno protegido, guarecido contra el exterior, tan salvaje e imprevisible... si bien aquel lugar estaba también plagado de sorpresas.

Su forma de ser era atractivamente caótica, aparentemente invulnerable, completamente defendida... Mas, al estar conmigo, advertía en su expresión cierta inseguridad, como si todas aquellas defensas se convirtiesen en papel y no tuviese otro modo de protegerse que agachar la mirada. Sus ojos me decían lo que sus labios -o más bien su voz- no se habían atrevido a decir. Yo, insaciable de ella, me llegué a convencer de que ella no será así, no será de las que digan...

En aquella ocasión parpadeó muy rápidamente. Me dio un beso de buenos días y permanecimos abrazados hasta que hubo que moverse. Comencé a andar, y no me percaté de que ella se había quedado parada hasta que su brazo tiró del mío, pues nuestras manos estaban unidas. Me acercó hasta tenerme a unos milímetros de ella y, entonces, me susurró al oído:

...te quiero.

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