martes, 23 de junio de 2009

Anestesia cerebral

Hoy he despertado y lo primero que he visto es el color pardo de las paredes de mi habitación; mi cuarto, iluminado por esa luz amarilla que ofrece el Sol únicamente en los días de verano, creando reflejos de arcoiris en el techo.

He apartado las cortinas blancas para ver a través de la ventana y han llamado mi atención las siluetas añiles y violáceas de las montañas a lo lejos.

Sobre la mesa, tres objetos.

Me he vestido con mis vaqueros marrones y mi camiseta beige, y he bajado las crujientes escaleras de color castaño quemado. He agarrado la anaranjada cartera y he salido de casa, viendo el desfile multicolor de las pequeñas florecillas de mi jardín, que tanto me hacen recordarla.

He esperado varios minutos en aquella parada de color rojo y, al llegar el enorme autobús verde, he subido para hacer el mismo trayecto de siempre. Pero hoy mis ojos se han clavado en la bóveda azur sobre mi cabeza, salpicada de un par de nubes a lo lejos en el naciente, aún vestidas de rosa.

En el trayecto he podido observar las verdes praderas a las que ya estoy acostumbrado y algunos matorrales accidentando las llanuras con su tonalidad más oscura.

Ha violentado mi solitaria tranquilidad la imagen de una mujer vestida completamente de ese color violeta que tanto me hace recordarla.

He perdido mi mirada entre las líneas de un paso de peatones, en su ya gastada blancura.

He visto un coche negro como un pedazo de carbón.

He visto un gato naranja como una mandarina.

Y he bajado del autobús.

Y he permanecido allí, mirando absorto un cartel pegado al escaparate de una farmacia en el que una nueva medicina ha llamado mi atención:

"Anestesia cerebral: olvide lo que usted desee con sólo pensar en ello. Nuestra fórmula única, clínicamente probada, le hará olvidarlo en una sola noche. No necesita receta."

He entrado en la farmacia y he pedido ese novedoso fármaco y me han dado una caja enorme. La he pagado y he seguido con mi rutina tras este pequeño desvío en mi camino diario.

Ahora estoy en casa, tumbado en la cama con la caja en mis manos y un vaso de agua sobre la mesa, junto a los tres objetos.

Abro la enorme caja. Saco la única lámina de plástico que contiene y en su centro aparece una minúscula cápsula blanca y negra. La extraigo y me la tomo. Bebo rápidamente el agua del vaso aunque no haga falta. Me levanto, apago la luz y me vuelvo a la cama.

Cierro los ojos y pienso en lo de siempre.

Pienso en lo único que puedo pensar.

Pienso en lo que quiero olvidar.


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jueves, 11 de junio de 2009

¿Dónde?

¿Dónde están todos esos instantes? ¿Dónde está cada minuto que corrió por nuestros relojes sin que apenas reparásemos en el paso del tiempo?

¿Dónde están todas esas promesas? ¿Dónde está cada expectativa de futuro que resbaló por nuestros labios durante un beso o en el silencio de aquella habitación mágica?

¿Dónde está el perro y el gato? ¿Dónde está la burbuja y el resto de la gente?

Se perdieron en un paseo por un bosque violeta y luego no supieron regresar.

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lunes, 8 de junio de 2009

Ardor

Llegó el día en que su voz me dijo que todo acababa. Cuánto hubiera dado por ver sus labios pronunciando, como siempre, una cosa distinta... pero en esta precisa ocasión no tuve oportunidad siquiera de contemplarlos.

Mis oídos no querían creer lo que habían escuchado y mis oraciones pedían una oración diferente. La cansé pidiéndole una y otra vez que me lo repitiera y, cuando ya no había lugar a dudas, pidiéndole que fuera sincera.

"No te quiero", oí a través del auricular. Supe en aquel mismo instante que no debí decirle que sólo ante aquella afirmación dejaría de insistir y traicioné mi palabra insistiendo por enésima vez, de nuevo.

Había creado mi mundo con ella como cimientos. Había colocado mi vida sobre sus columnas y ahora todo se desmoronaba desde la base. Todo se caía y lo único que podía hacer era repetir impotentemente una negación a la par que las lágrimas resbalaban por mis mejillas como nunca -jamás- lo hicieron por ninguna otra razón. Y mi estómago se removía, se convulsionaba, ardía... y entonces me sentí morir. Al oír el silencio, el fin de aquella inesperada conversación, la impotencia se transformó en parálisis y las lágrimas en aullidos.

Y sólo entonces entendí el verdadero significado de preferir la muerte.

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