lunes, 30 de noviembre de 2009

La verde caída

La fábrica de mecheros explota, pasto de las llamas, mientras una pareja escurridiza huye de la sospecha perseguida por las acusadoras pisadas del viento.

Continúo caminando mientras se consume la poesía que pronto habrá de dar conmigo en la tumba, a la par que los brazos de la misma persecutora soplan contra mí impeliéndome para volver a casa.

Trato de disimular la hemorragia que me poseerá con su cáncer de aquí a dos o tres inviernos cuando reparo en que la bufanda se la llevaron las mismas letras que me trajeron hasta aquí.

Las estrellas en el cielo no hacen más que moverse, y las luces aquí en la Tierra me miran despectivas, sin ofrecerme su auxilio. Saco la colorida llave de la morada de la represión, acompasando mis pasos a los ladridos de un perro.

El perro, antes, deja de ladrar.

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Flor alimenta animal, animal alimenta animal, cadáver alimenta suelo, suelo alimenta flor...

Y así siempre.

Es una excusa para volver a empezar.

¿Te da miedo terminar?