Continúo caminando mientras se consume la poesía que pronto habrá de dar conmigo en la tumba, a la par que los brazos de la misma persecutora soplan contra mí impeliéndome para volver a casa.
Trato de disimular la hemorragia que me poseerá con su cáncer de aquí a dos o tres inviernos cuando reparo en que la bufanda se la llevaron las mismas letras que me trajeron hasta aquí.
Las estrellas en el cielo no hacen más que moverse, y las luces aquí en la Tierra me miran despectivas, sin ofrecerme su auxilio. Saco la colorida llave de la morada de la represión, acompasando mis pasos a los ladridos de un perro.
El perro, antes, deja de ladrar.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.