miércoles, 27 de mayo de 2009

Tríada

Su pulsera de plata subía y bajaba por su estrecho brazo sin encontrar impedimento alguno. Una simple pulsera repleta de cuentas de lo más variopintas que le habían ido regalando o ella misma se había ido agenciando. Pero faltaba una.

Había ciertas cosas que no podía, no debía o no quería comer. Los dulces eran su perdición. Su desayuno, en ocasiones, constaba de un plátano y un par de galletas. Si acaso le entraba hambre, iba a una tienda de golosinas y volvía con una bolsa repleta de colores: rosa, verde, amarillo, marrón... el atractivo colorido para los pequeñuelos, el dulce sabor para ella. El chocolate, dentro del grupo mayor de los dulces, le hacía enloquecer. Entre ellos, unos específicamente: unas pequeñas lonchas rellenas de crema de menta.

Cierto día, al verme con una camiseta nueva que no tenía por costumbre ponerme -de hecho, nunca me la ponía-, trató de convencerme para que lo hiciera más a menudo: "Te queda muy bien", recuerdo que me dijo, a lo que añadió: "Dicen que el verde sólo le queda bien a las personas atractivas". Mientras trataba de convencerme de que me pusiera aquella ropa más ocasiones, una de mis continuas luchas era tratar de convencerla de que ella, a fin de cuentas, era atractiva -de hecho, aplicando aquella teoría, ella misma había llevado una camiseta verde aquel "primer" día-, pero lo negaba una y otra vez. Cualquier lector entenderá por mis palabras que era otra más de esas personas que niegan una y otra vez algo sólo para que uno lo afirme una y otra vez en contra... He de admitir que, de haberlo pensado yo también alguna vez, en ocasiones advertí en sus ojos la completa seguridad de que lo que ella decía era así.

Dejémoslo aquí, por ahora.

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sábado, 16 de mayo de 2009

Antigua elegía

Diría que desperté en mi cama en medio de la noche, asaltado por una pesadilla recurrente. Lo cierto es que no llegué siquiera a conciliar el sueño, y fue mi fantasía la que rememoró lo que al caer dormido tantas veces había visto.

Me separé de mis sábanas y encendí el candelabro en la oscuridad. Un pedazo de papel y un bolígrafo medio gastado.

Comencé, entonces, a escribir esta elegía:

No puedo conciliar el sueño, no después de esto. Mi descanso se ha visto turbado por el asalto del pensamiento onírico, del bando de las pesadillas, con todo lo que ha conllevado.

No puedo dormir, no después de verte alejándote de mí, de espaldas, sabiendo a ciencia cierta que eras tú, que esa espalda era la tuya, que te hacías más y más menos hasta desaparecer casi por completo. Entonces, como el que sueña que cae, me desperté justo antes de la tragedia absoluta, justo antes de su completa consumación.

Y esta imagen, originada en mi subconsciente quizá, ha provocado toda clase de escalofríos en mí, moviéndome de un lado a otro de mi cama, terminando por levantarme de ésta y sentarme a la luz de la lámpara a escribir estas palabras, sin duda quejicosas. Jamás había sostenido mi pincel sobre el lienzo a tales horas, pero si acaso quiero considerarme escritor, algún día habría de hacerlo y, como tantas otras primeras, ésta ha sido otra de las causadas por ti.

La esencia de mi amor por ti me hace desear por encima de todo tu felicidad, aunque yo sea aparentemente desgraciado, y digo aparentemente porque, si tú eres feliz, yo lo soy. Ésta es la esencia de mi sentimiento hacia ti, ésta es la base de mi cariño, de mi afecto, de mi querer. Pero, como todo ser humano, la imperfección destiñe los colores que parecían perfectos, difumina las cualidades que aparecían como virtudes ejemplares, torna esta esencia en otra cosa al sumarle este omnipresente egoísmo.

Un egoísmo que, pese a desear ante todo tu felicidad, apostilla que ésta sea conmigo y con ningún otro. Un egoísmo que me provoca el mayor de los mortecinos tormentos al imaginarte caminando de la mano de otro, al imaginarte compartiendo tus más íntimas sonrisas con otro, al imaginarte queriendo a otro. Tu felicidad, antes mía, se torna en mi más agónica desdicha.

Te deseo de tal modo, a grado tan cabal, que se me hace imposible incluso forzar una sonrisa si mi mente está dibujándote junto a cualquier otra persona que no sea yo, acerca del amor, de tu amor.

Me torturaría lentamente conocer de tu sentimiento, ya no hacia mí, sino hacia él. Me consumiría a la velocidad de la luz, pero manteniéndome vivo para poder seguir sufriendo.

Y sólo se me ocurre que te amo, que te quiero, que te deseo, que te añoro, que te anhelo, que te espero, que te necesito, que te sueño, que te pienso, que te veo, que te siento... Que quiero pasar el resto de mis días a tu lado, que quiero estar presente, ser testigo, de cada una de tus sonrisas, que quiero compartir contigo mi vida y llenar mi diario de ti.

Que el tiempo pasa de estático carámbano a fugaz vapor cuando estás conmigo, cuando estoy contigo.

Que te extraño en la noche, en el día, en el presente sea cual sea... y no descansaré en paz hasta que sepa que sientes lo mismo, o al menos eres feliz. Conmigo, apostilla mi egoísmo. Contigo, mi amor.


Quién iba a decirme que el fatum, si acaso existe, estaba esa noche despierto, como yo, leyendo aquellas líneas, y que el karma veía justo que redimiese mis malas acciones con su acontecimiento.

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lunes, 4 de mayo de 2009

09.45 a.m.

¿Alguna vez habeis sentido amor por algún sitio? ¿Alguna vez os ha invadido ese sentimiento nostálgico al recordarlo si acaso estabais lejos, o un profundo cariño si estabais en él? Amor patriótico o como deseéis llamarlo...

Debe ser bonito. Yo jamás lo sentí.

Pero debo confesar, en honor a la verdad, que estuve cerca, muy cerca... Lo rocé con las manos pero no pude agarrarlo. No hubo tiempo. Tengo que irme.


Aquella fue la primera noche de mi vida. En esta ocasión la había llevado yo a ella a un lugar especial, a un lugar recóndito, seguro, protegido de las miradas de aquellos a quienes -y éste es mi mayor pecado- temía.

En cuanto pisó el suelo de aquel lugar, todo tornó más cálido, más acogedor. Supe en aquel instante que jamás volvería a andar sobre él sin pensar en ella... y jamás lo hice.

Me resultaba chocante: hasta entonces siempre había sido ella quien me había trasladado a su mágica sala, llena de historias, y ahora era yo quien le daba la mano en un territorio desconocido para ella, completamente vacío... y en nuestras manos quedaba el llenar sus paredes de historias.

Visita inesperada. Oculta en la oscuridad. Fueron unos minutos eternos. Después de aquello, la luz volvió a aquel lugar, y el tiempo recobró la velocidad que siempre tenía en su presencia: la mayor.

Apagamos las luces. Su cuerpo se acercó al mío. La simpleza, el vacío... hacían de todo aquello algo más bello. Cerca se oía el repicar de las campanas, marcando las horas cada minuto.

Los dedos de sus pies chocaban con los míos, al igual que nuestra ropa, nuestras manos, nuestros labios...

"¿No duermes?", preguntaba. Y, ¿para qué dormir? Soñaría con ella, conmigo, en un lugar especial... ¿No es lo que tenía? Quería aprovechar cada segundo, quería ocupar mi recuerdo con su presencia, con su cercanía, con su olor y su calor, con su respiración, con su vocecilla que, por susurrante que fuera, ocupaba el vacío de la habitación y sus paredes nos la traían de vuelta.

Y entonces vi la luz del alba colándose por la ventana, recordándome a un enemigo que había estado amenazando con el repicar de las campanas, el único capaz de arrebatármela... que ahora arribaba con los rayos del Sol.

Tengo que irme.

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