Diría que desperté en mi cama en medio de la noche, asaltado por una pesadilla recurrente. Lo cierto es que no llegué siquiera a conciliar el sueño, y fue mi fantasía la que rememoró lo que al caer dormido tantas veces había visto.
Me separé de mis sábanas y encendí el candelabro en la oscuridad. Un pedazo de papel y un bolígrafo medio gastado.
Comencé, entonces, a escribir esta elegía:
No puedo conciliar el sueño, no después de esto. Mi descanso se ha visto turbado por el asalto del pensamiento onírico, del bando de las pesadillas, con todo lo que ha conllevado.
No puedo dormir, no después de verte alejándote de mí, de espaldas, sabiendo a ciencia cierta que eras tú, que esa espalda era la tuya, que te hacías más y más menos hasta desaparecer casi por completo. Entonces, como el que sueña que cae, me desperté justo antes de la tragedia absoluta, justo antes de su completa consumación.
Y esta imagen, originada en mi subconsciente quizá, ha provocado toda clase de escalofríos en mí, moviéndome de un lado a otro de mi cama, terminando por levantarme de ésta y sentarme a la luz de la lámpara a escribir estas palabras, sin duda quejicosas. Jamás había sostenido mi pincel sobre el lienzo a tales horas, pero si acaso quiero considerarme escritor, algún día habría de hacerlo y, como tantas otras primeras, ésta ha sido otra de las causadas por ti.
La esencia de mi amor por ti me hace desear por encima de todo tu felicidad, aunque yo sea aparentemente desgraciado, y digo aparentemente porque, si tú eres feliz, yo lo soy. Ésta es la esencia de mi sentimiento hacia ti, ésta es la base de mi cariño, de mi afecto, de mi querer. Pero, como todo ser humano, la imperfección destiñe los colores que parecían perfectos, difumina las cualidades que aparecían como virtudes ejemplares, torna esta esencia en otra cosa al sumarle este omnipresente egoísmo.
Un egoísmo que, pese a desear ante todo tu felicidad, apostilla que ésta sea conmigo y con ningún otro. Un egoísmo que me provoca el mayor de los mortecinos tormentos al imaginarte caminando de la mano de otro, al imaginarte compartiendo tus más íntimas sonrisas con otro, al imaginarte queriendo a otro. Tu felicidad, antes mía, se torna en mi más agónica desdicha.
Te deseo de tal modo, a grado tan cabal, que se me hace imposible incluso forzar una sonrisa si mi mente está dibujándote junto a cualquier otra persona que no sea yo, acerca del amor, de tu amor.
Me torturaría lentamente conocer de tu sentimiento, ya no hacia mí, sino hacia él. Me consumiría a la velocidad de la luz, pero manteniéndome vivo para poder seguir sufriendo.
Y sólo se me ocurre que te amo, que te quiero, que te deseo, que te añoro, que te anhelo, que te espero, que te necesito, que te sueño, que te pienso, que te veo, que te siento... Que quiero pasar el resto de mis días a tu lado, que quiero estar presente, ser testigo, de cada una de tus sonrisas, que quiero compartir contigo mi vida y llenar mi diario de ti.
Que el tiempo pasa de estático carámbano a fugaz vapor cuando estás conmigo, cuando estoy contigo.
Que te extraño en la noche, en el día, en el presente sea cual sea... y no descansaré en paz hasta que sepa que sientes lo mismo, o al menos eres feliz. Conmigo, apostilla mi egoísmo. Contigo, mi amor.
Quién iba a decirme que el
fatum, si acaso existe, estaba esa noche despierto, como yo, leyendo aquellas líneas, y que el
karma veía justo que redimiese mis malas acciones con su acontecimiento.

Esta
obra está bajo una
licencia de Creative Commons.