lunes, 15 de agosto de 2011

Hielo

La cima decapitada

Estas montañas no son como las que había conocido, no son las cumbres curvadas por el tiempo y su erosión a las que estaba acostumbrado: cumbres con pinos de piñas gruesas y redondas desperdigadas por el terreno, hierbas secas de olores característicos como el romero o la lavanda.

Aquí las montañas surgen de la nada y ascienden cientos de metros hasta las alturas, donde se pierden la mayor parte de las veces entre las nubes brumosas. Y esas cumbres, picudas y afiladas, son blancas, cubiertas de hielo en pleno verano. Los pinos ocupan la mayor parte del terreno, altos, frondosos, de piñas estrechas y alargadas de colores violáceos, pardos y grises. Y donde no crece un árbol, el verde de la espesa hierba lo sustituye.

El glaciar de uno de los Alpes brilla gélido con los rayos del Sol que atraviesan en ocasiones el constante manto de nubes, tímidamente.

Y en algunas de esas cumbres, los riscos son tan empinados, tan verticales, de terrible caída, que sólo se observa la roca gris y marrón, salpicada de nieve y hielo, y no hay rastro de vegetación.

La plaza de piedra

Según dicen los lugareños, años atrás las lenguas de los glaciares alpinos alcanzaban casi las faldas de las montañas. Hoy, apenas llegan a un tercio de su altura desde la cima.

Los que en un tiempo pasado fueron reyes de esta cordillera, ahora son unos "pequeños" príncipes -y aún así aterra su magnificencia-, cuyas lágrimas heladas caen ladera abajo, y desde aquí, en la cumbre de en frente, parecen hemorragias que chorrean, creando decenas de metros de cataratas de aguas gélidas que llegan al valle en torrente, manando en ríos espumosos cuya velocidad deja entrever la furia de la cima.

El murmullo de los riachuelos y el jaleo de las lágrimas en caída libre son constantes, y se mezclan con la arrítmica melodía de los cencerros del ganado y algún que otro mugido.

Hay centenares de tipos de flores, de colores, tamaños y estructuras completamente dispares... Y esto no hace más que recordarme la obsesiva idea de aquella pequeña flor, oscura y ya marchita, pero tan viva en la imaginación.

viernes, 13 de mayo de 2011

Poema del Tiempo

Quien tiene más, lo poco no sabe apreciar.
En soledad aguarda mudo su final.

"¿Y qué demonios es para ti este momento?
Un segundo y ¡ya! sólo queda el recuerdo
que erosionaré. Sólo yo soy eterno"

El río va desde su montaña hasta el mar.
La vela, desde encendida, sabe que se apagará.

¿Y para qué restar a cada instante un segundo?
Pues si ahora sopla el Viento acabará con su mundo.
¿Y si se empeña el Sol y seca lo más profundo?

Dime, ¿qué será de lo que construí?
¿Qué será de todo aquello que separé de mí?

La tristeza se va, el presente se va, la ceniza se va,
el espejo siempre pierde su reflejo.

¿Y qué será de toda aquella Ciudad?
¿De las flores en la Plaza a la que ya no se llegar?
¿De la hierba del Jardín? ¿De colosos olvidados?
Dos figuras que recuerdan el Puerto en que nos ahogamos.

Dime, ¿dónde quedará el Bosque del que me enamoré?
¿Dónde quedará el recuerdo?

"Sólo yo soy eterno... Todo lo erosionaré.
Y en cuanto nadie me nombre, desapareceré"



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lunes, 25 de abril de 2011

Postludio a la Claustrofobia - Preludio al Poema del Tiempo

Dejé que fuera el Tiempo el que decidiera.
Él me dijo una vez que la estadística va en nuestra contra, pero los números son fríos -¿calculadores?-, y las personas y sus pensamientos aún no estamos hechos de ellos.
Aunque parte de razón llevan.

Dejé que fuera el Tiempo el que pusiera a cada uno en su sitio.
Él me dijo una vez que creía en Algo -llámelo Sol, Dios... o deje de buscar una palabra para cada cosa-, porque alguien tendría que hacer pagar al injusto y devolverle al justo lo que le robaron. Pero, ¿quién es justo?

Dejé que fuera el Tiempo el juez imparcial.
Él me dijo una vez que esa dimensión nunca es agente de nada: sólo observa, alarga, comprime...
Lo que me lleva a mi último error.

Que dejé que fuera el Tiempo el que curara.
Él me dijo una vez que puede doler más arrancar la cera ya fría de la vela que cayó en la piel que lo que dolió al caer.
Y, después de todo...

lunes, 11 de abril de 2011

Carta a todas mis catástrofes

Me permitiré el lujo de hacer un inciso.

Algo no está funcionando como debiera en esta red de axones. Decir "algo" es, a fin de cuentas, decir poco. Después de la tormenta siempre llega la calma, después de la euforia siempre llega la depresión. Reconocer lo que acabas de hacer no es el primer paso hacia ningún lugar en absoluto. Reconocer lo que acabas de hacer es hacerle un homenaje a quien sea el encargado de promover todo este tipo de chorradas que, cuando no trascienden de la mente, no son más que eso, chorradas. Ahora, trascendida la cognición, la chorrada se ha convertido en una enorme y protuberante gilipollez de dimensiones...

En resumen: la memoria es, insisto como en otras ocasiones hice, la peor de las torturas, de las maldiciones, de los castigos. Y especialmente por el hecho de que lo que estos ojos vieron y estos oídos oyeron no es lo que hoy se representa la otra. Si acaso queda algo de verdad en todo esto, debe ser el nombre, la dirección y cuatro cosas que, como todo, bien podrán cambiar con el tiempo y dejar de serlo.

Y a dormir.

jueves, 6 de enero de 2011

Poema de la Lluvia - Canción de las Tormentas

Dicen que por convertir
el mundo en una enorme fábrica de hollín
el Sol, que ahora apenas puede pasear
se trata de vengar.

Y donde el humo no lo vuelve todo gris
agazapado vierte todo su barniz.
Ahora hay sombras donde ayer hubo color.
Por el humo o el Sol.

Quizá
ahora hay sombras donde no las hay.
Que el humo envuelve a todos por igual.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Cuentan que por sustituir
el cromatismo de las nubes en Madrid
por un bombín hediondo hecho de polución
la lluvia se vengó.

Y donde no hay sequía hay una inundación.
Ahogado o seco, el suelo muere por inanición
y todo aquél que sobre aquél pone sus pies.
O yace sobre él.

Quizá
no sólo enloqueció la humanidad.
Pero si miras bien podrás notar

Que ahora rompe a llorar.
Y ahora el Sol brilla más.

Y llora y llueve al final.
Y friega la negra ciudad.
Y llora, diluvia al llorar.
Y ahora desborda el canal.

Y baja el torrente
y cae la sombra sobre el puente
Se exprimen las sombras
y juega con las gotas.
El arco se alza,
dispara: ¡venganza!

El suelo se muere.

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