miércoles, 31 de marzo de 2010

Tertium: Acerca de cómo despertar a una farola sonámbula y dormir a la sombra de una luciérnaga

Salpicas a la gente: salpicas a la masa que, apresurada, vaga sin destino por la zona peatonal.

Salpicas a las personas: aquéllos que se sentaron en un banco a esperarte, aquéllos que nunca obtendrán lo que se merecen y jamás tendrán lo que quieren y quisieron.

Te salpicas a ti mismo: buscas excusas en tu modo absurdo de caminar, intentas justificar por qué vas tan despacio, por qué chapoteas encima de los charcos.

Y, de repente, descubres la razón de tanto chapotear, de tanto restregar los pies contra el barro, de pisar tan fuerte y tan ruidosamente: el silencio.

No aguantas el silencio: harías lo que fuera por hacerle gritar, pero se mantiene en su trono, observador, diligente y taciturno, superior, inalcanzable, constante y omnipotente. Te rebelas contra él, pero está demasiado alto como para que le lleguen las salpicaduras.

Llega el momento en que el camino se bifurca; mientras, sobre ti recae el peso de la civilización que pasa peligrosamente por encima de tu cabeza: problemas y más problemas. El Aire está viciado aquí, el Aire es humo, y su casi ausencia se ve acentuada por el clarísimo recuerdo de lo que es su pureza en tu interior.

Llega el momento en que el camino se bifurca; mientras, piensas en el ángel, en la plaza de las florecillas, en el jardín y en la capilla. Y entonces te das cuenta de que el resultado será, en definitiva, el mismo vayas por donde vayas: llegarás al sitio al que te diriges, pero no del mismo modo.

Por un lado: mayor reto y mayor victoria. Por otro lado: facilidad de la mano de la mitad del orgullo.

Claro que, de pronto, reparas en que la decisión no está en tus manos: está en manos del Aire y el Aire... no se ve.

¿Wolf's Mouth o Boss' Road? Decían algo así como: "Escoger el camino equivocado de vuelta a casa puede costarte la vida".

¿Damos un paseo?


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martes, 30 de marzo de 2010

Secundum: Acerca de cómo taladrar una nube y guardar unos pedazos en el bolsillo

Despiertas y te das cuenta de que querrías seguir durmiendo. Querrías cerrar los ojos una semana más y despertar cuando la guerra hubiera acabado. Pero las guerras duran más que los sueños.

Al menos hoy no llueve, ni siquiera chispea. El suelo alrededor está empapado y debajo de tu cuerpo sólo hay polvo seco. Te levantas y estiras un poco las piernas. Hoy será un día largo.

La gente camina despreocupada, la gente va a sus cosas… La gente no sabe que hace un día alguien cruzó al otro lado del agua dejando gris la calle escarlata. Ahora la recorres.

Arriba hay nubes. El gris se refleja en los charcos residuales de cuando las cosas parecían más turbias. Y no es que ahora el cielo esté azul, es que ya has pasado una noche a la intemperie y no te pilla tan de improvisto.

Los pensamientos hoy rondan claros por tu mente, al menos de vez en cuando. Descubriste que al hablarle al viento las cosas parecen recobrar ligeramente el color, pero que a tu cerebro no llega la luz para distinguirlos. Hoy, sin embargo, parece que algún que otro rayo se cuela entre las persianas de tus ojos y describe una línea de polvo que choca contra algún lugar de la corteza, que ofrece alojamiento a cierto recuerdo que parece que nunca se irá de allí, y ésta le avisa de que hace buen tiempo, que puede salir, que juegue contigo.

De lo que no hay duda es que juega. A intervalos. Ahora sí, ahora no.

Y aún así sabes que no es sol lo que necesitas, que no es luz, que no es claridad: es la brisa, es el viento, es el Aire. Viene caprichoso desde el Alba’s Garden y te empuja en la nuca.

“Camina”, te susurra la voz de Lénore arrastrada por él. Aún queda un largo viaje hasta el puerto.


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lunes, 29 de marzo de 2010

Primum: Acerca de cómo llegar de un charco a otro sin mojarse

Figúrate qué hubiera ocurrido si no hubiera marchado. Imagina qué hubiera pasado si en realidad no hubiera llegado al otro lado, si no hubiera cruzado la delgada línea que separa las dos orillas de un mismo mundo...

Camina. Fantasea. Dibuja sus labios, dibuja su sonrisa en el vapor que asciende desde el asfalto, trata de invocarla en el vaho que ahora sale de tus pulmones y que hace que te preguntes quién se ha quedado más frío, si el aire o tus propias entrañas.

Deslízate paso a paso, repta erguido. Trata de acicalar tus pensamientos, de ordenarlos, de darles algún sentido. Descubrirás que tienes el taladro constantemente acechando en cualquier rincón y que las reminiscencias no piden la vez: fantasmas.

Engulles el pasado, pero te alimentas de él con tanta ansia que apenas te queda para el resto del día... para lo que queda por delante.

Y miras hacia el cielo, más oscurecido de lo normal, y ves que se acumulan también las nubes físicas en la mente del planeta. Y comienza a chispear.

Entonces caminas con las manos en los bolsillos, con la capucha bien ceñida, con los hombros encogidos y la espalda encorvada. Le pides a tu memoria diversos platos pero sólo cocina uno.

Y piensas en lo que queda, en que esto es sólo el principio. Y desearías dormirte a los pies de Lénore hasta que llegase el día... pero algo te incita a continuar: quizá es su aroma, que te indica hacia abajo, por donde chorrea la sangre escarlata y las luces ensombrecen más que alumbran.

Te molesta que chispee, pero pronto pedirás que sólo fuera eso. No tienes paraguas. Y no te importa lo que piense la gente cuando te vea quitarte la capucha bajo la lluvia cercana y hacer noche sobre un charco.

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miércoles, 24 de marzo de 2010

Tristia

Tierra, trágame. Hazme añicos.
No quiero verlo, no, ¡ciégalos!
No despiertes su imagen mientras esté cavando.
Tampoco cuando esté enterrado.

Tierra, trágame. Invoca al olvido.
Déjame descansar una noche en tu regazo.
Juro que nada más despertar me habré ido
y nada más llegar habré recordado.

Tierra, trágame. Déjame gritar.
Aquí abajo tus parásitos no oirán
lo que no quieren oír, y mientras tanto
déjame gritar hacia los lados.

Tierra, trágame. Lléname de silencio.
Deja que por unos minutos el agua
se cuele entre tus dedos
y moje a los que no rozaron el beso.

Tierra, trágame. Escúpeme cuando haya acabado.
Cuando el Sol salga, cuando vuelva empapada.
Cuando el cielo no esté nublado,
cuando la prueba de fuego termine
y las ascuas se hayan apagado.
No habré dormido, no habré soñado,
y con los ojos cansados
me apareceré ante su imagen.

Y nada más llegar habré recordado.



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domingo, 21 de marzo de 2010

putotiempolondinense

Hay días en los que el impulso cuesta más de lo normal, en los que mis pies se han quedado atrapados en una suerte de alga enredadora, en los que no lograré alcanzar la línea que normalmente separa el mundo en dos.

Desde abajo, veo las burbujas de aire emerger de mi garganta, veo cómo suben a donde yo no logro subir, observo cómo una vez tras otra me quedo sin aire para continuar agonizando durante horas sin conseguir entender que no necesito respirar aquí abajo.

Arriba, todo está gris.

Arriba todo es putotiempolondinense.

martes, 16 de marzo de 2010

El Itinerario Vegetal (fragm. cap. IX)

En mi sueño había un nenúfar en medio de aquel mismo desierto donde debía estar soñando entonces. Sus raíces buscaban y buscaban pero por más que se adentraban en aquel terreno no encontraban nada que beber. El Sol, entonces, fue benévolo y le ofreció su mayor esplendor para que ni siquiera necesitase del líquido.

Pero cualquier planta, por poco que sea, lo necesita; claro que ésta no era cualquier planta: aquel nenúfar estaba en medio del desierto. ¿Cómo pudo llegar hasta allí?

Nadie la había llevado y nadie la había abandonado en ese sitio, pero de ahí no se había movido, y había conseguido subsistir hasta aquel entonces.

El nenúfar había vivido en medio de un jardín que pasó a ser oasis que pasó a ser nada: había sido testigo de la desaparición de los lagos, de la evaporación de las aguas, del calentamiento de la tierra, de la desertización y erosión del terreno… Había sido testigo de todo aquello e, inmutable, continuaba viviendo pese a todas las adversidades. Pero poco le quedaba.

En sus conversaciones con el Sol, éste le preguntaba cómo había logrado sobrevivir, pues ninguna de las plantas que antiguamente crecían a su alrededor lo había hecho. Ella contestó que tenía un ideal. Un solo ideal: estaba convencida de que podía vivir sin agua.

El nenúfar continuó vivo, allí, arraigado en la arena, hasta el día en que llovió y murió ahogado. Entonces, la pequeña flor que se posaba elegantemente sobre sus verdes hojas se agostó y nada quedó de lo que antes fue.

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domingo, 14 de marzo de 2010

Trémolo

¿Cuándo aprenderé?

Pasé años buscándolo, semanas abrazándolo y meses llorando su marcha. Ahora vuelvo a perseguirlo como un idiota que persigue el viento sacudiendo los brazos y resoplando cada vez que éste se cuela entre sus dedos.

"No queremos lo que tenemos, queremos lo que no tenemos y deseamos lo que no podemos obtener", oí en cierta ocasión, y cada día que pasa estoy más convencido de la naturaleza infantil de la vida adulta, de que todo nos parece dulce hasta que nos lo metemos en la boca.

Me convenzo como el niño pequeño de que esto sí que lo es, me convenzo de que ésta vez es superior a las anteriores, que es distinta... Probablemente sea igual, probablemente no sea más que el niño caprichoso que pasa por delante del escaparate y pierde la mirada en él mientras el tiempo tira de su manga hacia un lado.

Y esta vez ha tirado de mi manga hacia abajo y ha sido el principal eslabón en esta cadena de acontecimientos que me ha robado una sonrisa psicodélica ante las graciosas miradas de los transeúntes.

Maldito niño caprichoso. Unas veces arriba y otras abajo. Y nunca sabe cuándo ha llegado en realidad, porque en realidad siempre está de camino.


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sábado, 6 de marzo de 2010

Espejo

Entorna los ojos y comienza a surgir la neblina a su alrededor. Su rostro se desfigura, su cuerpo parece desaparecer del escenario, el espejo se asimila al recuerdo de un sueño que poco a poco va alejándose de la memoria por más que corras tras de él.

Sus ojos ya no son tan bonitos como antes, ya no le gustan aquellas pecas que los rodean. Sus orejas se han vuelto demasiado grandes y su nariz demasiado pequeña. Antes se mordía el labio para humedecerlo, pues siempre estaba seco; ahora se lo muerde para que la gente no lo vea, porque sabe que todos piensan lo mismo que ella: es horrendo. Y el problema es que al morderlo sus dientes pueden mostrarse aunque sea durante una fracción de segundo: esos horripilantes dientes amarillos, separados, mellados y las inmensas encías que los sostienen... Qué horror.

Por qué ha cambiado tanto en tan poco tiempo es una pregunta que se hace a menudo, entre ojeada y ojeada.

Ahora mira su barbilla: parece que se va ahogando en su cuello, en su papada. Sus brazos se han vuelto blandengues y a la más mínima comienza el vaivén de la grasa que acumulan. Las piernas son deformes, demasiado robustas, casi grotescas: se recuerda a un poni amorfo al lado del caballo de la enorme sociedad.

¿Por qué nunca tuvo tetas? ¿Y ese culo tan ancho? En esas caderas se podría sostener la torre Eiffel...

Y llega a la cumbre, que está a mitad de camino de la cima: esa tripa tan redonda. Le gustaría pincharla y que se deshinchara en cuestión de segundos, le gustaría ver cómo toda esa grasa se derramaría hacia sus pies y poder pisarla vencedora, le gustaría tener una goma de borrar y volver a dibujarse completamente.

Y ahora hay que moverse más. Y hay que comer menos. Hay que recuperar las formas o alcanzar las que nunca se tuvieron.

El espejo llora amargamente.

El espejo intenta susurrarla: "Eres preciosa".

Pero los espejos no hablan.


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lunes, 1 de marzo de 2010

Nublado

Hoy he borrado lo último que me quedaba de ti: tus excusas.

Y después he olvidado las preguntas que pensaba hacerte cuando tuviese ocasión.

Quizá esas neuronas tengan algún cometido más importante de cara al futuro, pero hoy les he dado vacaciones indefinidas.

Al fin y al cabo todos necesitamos descansar.

Y a las neuronas que apenas te imaginan ya les toca pronto...

...ahora.