miércoles, 28 de abril de 2010

Verde, blanco y negro

Ha pasado mucho tiempo. La lluvia cae desde un cielo que no sabe si esconde a Alguien, algo, al vacío o a las estrellas. Se filtra entre la delicada tela que forma este paraguas que perdió su significado aquel día.

Me perturbo tratando de resolver la incógnita: ¿fue aquélla la única vez que podría sentir?

Resulta dramático condenarse tan pronto a una existencia de mera comparación, resulta hediondo pensar que todo lo que queda por delante va a ser nimio y vanal al lado de aquello, resulta asqueroso siquiera posar la mirada sobre la plaza de piedra y darse cuenta de que quizá jamás encontré el camino de vuelta. Pero no es así. O no puede ser así. Simplemente no quiero que sea así.

Este folio es blanco.

Volvería a ver los pétalos caer, violetas, desde la espesura rozando unos labios ya desgastados de tanto mentir de tantas maneras. Volvería a ahogarme en aquel estanque que me pareció un mar. Volvería a darlo todo por perderlo todo y quedarme con las manos vacías mirando al vacío y no viendo más que un camino de migas que yo mismo me encargué de cubrir con polvo. La senda que nunca supe de dónde vino ni adónde fue, y que ahora me pregunto si continué recorriendo.

La tinta es negra.

El hombre es un lobo para el hombre. Hacía tiempo que no lo pensaba pero entonces encontré esas palabras escritas en los folios que hasta ahora habían estado en blanco. Volví a sumirme en la biografía de un espíritu que buscó la lógica donde actuó el azar y que respondía a mis mismos propósitos.

La apestosa yerba machacada es verde.

Y comencé a escribir bajo ese título las palabras que hasta ahora nadie se había atrevido a escribir por ti: arruinaste mi vida pero encontré más sentido en las ruinas que allí de donde procedieron.

Mediocridad.

Quizá estas ruinas nunca dejen de humear, pero el humo luce mejor en blanco y negro.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, 24 de abril de 2010

Vade retro

Nada queda ya de tu inocencia. Sonreía sólo con pensarlo mientras el aire reciclaba el ambiente consumido de la calurosa habitación. Persona de pocas palabras, persona de muchos gestos.

Tus ojos han cambiado tanto en tan poco tiempo que he perdido la noción de lo que otrora fueron. No sé cómo leerlos. Sonrío sólo con pensarlo.

La sonrisa se hace cada vez más grande, más natural, menos forzada... Menos del recuerdo y más del presente. Sonrío porque puedo. Quiero.

Y sólo pensar en que vendí mi alma en tantas ocasiones a mercaderes con el rostro tapado para luego escuchar su voz y entender que no hablaban mi idioma... Sólo con pensarlo encuentro una razón más para haber emprendido la marcha.

Sonrío por cosas por las que debería llorar, pero no más tinta ha de verterse en este río. Si no sé leer tus ojos no descubriré nunca otra razón para hacerlo. Si no sé leer tus ojos no me dentendré a mirarlos a ver si encuentro algo. Si no sé leer tus ojos... quizá sea porque no me digan nada.

Sonrío al darme cuenta del papel de la tristeza, de la tristeza en este papel, y de cómo este papel se llevó mi tristeza: mientras una se ahogaba entre sus hermanas, la mía era ahogada por el agua que resbalaba por las esquinas de la primera.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes, 23 de abril de 2010

Calamo currente

Cuando lo encontré estaba ahogado. Había tragado demasiado líquido. Lo llamaría agua si no fuera de este río. Este río es de impenetrable negro, una infusión de todos los sobres llenos de tinta que a él se tiraron. Pero cuando el disolvente arrastra tanto soluto, el siguiente ya no se disolverá. Y ahí estaba: ahogado, cubierto de líquido oscuro que resbalaba hasta sus esquinas; arrugado, frágil: el río lo había arrastrado pero no logró llevarse consigo sus palabras. Tratando de no romperlo, rasgué cuidadosamente uno de los lados y extraje toda su tristeza.

Encabezaban los párrafos ideas sueltas, palabras aparentemente turbias pero afiladas. Tiempo después llegaría a la conclusión de que si hubiera tenido la piedra adecuada hubiera podido desnudar aquellos jeroglíficos. Por ahora permanecían indescifrables, y lo único que podía hacer era mirar: mirar y esperar que la mera exposición me llevase a una idea, aun borrosa, de su apariencia.

Me quedé, tras "leerlo", tumbado en la hierba machacada. Sesgado. Obtuso. Cuando me dispuse de nuevo a observarlo salió el Sol y se llevó las líneas que el río no consiguió arrancar. Con un papel en blanco y la reminiscencia de lo acontecido me propuse prosear acerca de los motivos que allí me llevaron, de lo que encontré o creí encontrar, y de cómo alguien dijo adiós subido a un barco mientras otro se contentaba con caminar hacia atrás.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo, 11 de abril de 2010

Et Ceteram

La tristeza ha encontrado un mejor hogar en el bolsillo de otro o se ha quedado en el tuyo. Sea como sea, finalmente morirá ahogada. La tristeza se la lleva el agua.

El deseo ha crecido en la sombra del puerto, en los bordes húmedos y resbaladizos, ahí donde puede hacer caer a alguien, ahí donde no se ve a menos que estés muy cerca, a menos que lo pises y... caigas. Nació fuera de la vista de todos y nadie verá cómo muere. El deseo se lo lleva el tiempo. O una mala caída.

La melancolía, los fantasmas que te asaltan especialmente de noche se han acumulado en pequeños y grandes charcos a lo largo de tu camino. No es muy difícil evitar pisar uno, pero cuando en un instante dos de ellos se rozan no se separarán fácilmente. Los charcos se los lleva el Sol.

Pero el Sol no siempre brilla: por las noches te abandona dejándote a merced de los fantasmas, y algunos días no consigue atravesar la espesa muralla de nubes. Las nubes cubren su luz, las nubes derraman charcos. Las nubes se las lleva el Aire.

El Aire, a veces puro a veces viciado, te empujó hacia abajo, recorriendo la calle escarlata; el Aire no te llevó por donde tú querías: aunque no lo supiste no atravesaste ni el camino del reto y la victoria ni el de la facilidad y la mitad del orgullo; el Aire -que te había llevado hasta allí, que retiró las nubes, que te mostró un camino- te bamboleó al llegar al puente: ¿te hubieras tirado si no hubiera habido nubes que retirar, si no hubiera acariciado tu rostro trayéndote el perfume del jardín del alba, si hubieras sabido que después del amanecer no iba a aparecer el Sol? Probablemente sí. Pero confiaste en que el Aire no movería demasiado tu trayectoria, creíste que si acaso acabarías medio metro más allá o acá, confiaste la caída a las palabras. El Aire no podía moverte demasiado. Pero el viento sí. Y las palabras...



Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

viernes, 2 de abril de 2010

Quintum: Acerca de cómo endulzar el mar con un terrón de azúcar

Ya ha llegado el día. Has recordado momentos que escondían lecciones y has aprendido lecciones de estos momentos.

Murmura el río, sus aguas arrullan poemas abrazando los cantos rodados. El Sol está saliendo y se refleja en la delgada línea que separa las dos orillas de un mismo mundo.

Cantos rodados, cantos de sirena. El viento sopla más fuerte, notas el Aire acercándose vertiginosamente pero no logras adivinar desde dónde. Es la incertidumbre la que hace que esta decisión, ésta sí que está en tus manos, sea la que conlleve mayor dificultad y mayor éxito, en caso de que llegue a buen puerto.

Buen puerto, vuestro puerto. Sembrado de colillas de cigarro, sembrado de hongos y musgo, húmedo y resbaladizo.

Te metes las manos en los bolsillos y, entonces, reparas en un viejo amigo; ahí está: ahí está el sobre que guarda toda la tristeza de la que ya has tenido suficiente, de la que ya has disfrutado, que ya has saboreado y de la que te has empachado.

Te levantas de la piedra y caminas hacia el puente. El Aire sopla aún más fuerte, a veces de un costado, a veces del otro... a veces de frente y de espaldas. Es peligroso cruzar puentes en esta situación, pero ése no es tu objetivo.

Y es que desde el principio no perseguías a alguien, perseguías algo. Alguien se marchó al otro lado del río, algo se marchó subido al mismo río: el sobre, empapado, ahogándose, se desliza ahora corriente abajo hacia la lejanía, hacia donde los ríos se convierten en lagos allá lejos al norte.

Y es que no tiene sentido perseguir al Aire. Lo único que puedes hacer es...

Te colocas bajo las manos de los dos hermanos y haces lo que uno de ellos hizo tiempo atrás.

No tiene sentido perseguir al Aire. Lo único que puedes hacer es dejarte llevar por él.

Y él... -¿o era ella?- decidirá dónde has de caer.


FINIS

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 1 de abril de 2010

Quartum: Acerca de cómo ahorcarse con la niebla que se enreda en un árbol

No sabes qué camino has tomado para llegar hasta aquí. No recuerdas nada de los anteriores minutos. Aunque tampoco reconocerías que caminas aún por uno de los dos senderos pese a que estuviera sucediendo en este mismo instante.

Miras el reloj y no ves la hora. Oyes el silbato del tren y piensas en la distancia que le separa de su destino: no es tanta como la que te separa del tuyo, por más que estés a punto de llegar.

Estás -o eso crees- muy cerca del puerto. La pestilencia del agua estancada no es capaz de encubrir el rastro de su aroma, y hace ya días que marchó hacia el otro lado. No hay muchas más luces allá delante. No hay muchos pasos por recorrer.

Caminas con respiración y pies silenciosos. Te sumas a la inexorable labor que ayer tratabas de obstaculizar.

Has aprendido una lección que yacía latente en tu cabeza, esperando el momento de recordarse: la pena es como el buen vino, y hay que tomársela con calma, saborear cada uno de sus matices, desparramarla y organizarla, guardarla en un sobre y continuar caminando. Puede que tu marcha te lleve a una papelera donde tirarlo.

Pero aún va contigo, y no se irá hasta que cumplas tu promesa. El silencio es lógico, el Aire es puro.

Casi has llegado. Podrías alcanzarlo, podrías ahogar toda la tristeza en un instante, pero te detienes unos metros antes y te sientas en una piedra al lado del río, observando a los dos hermanos ofreciéndose el uno al otro la mano para terminar su historia juntos. El agua está tranquila: choca de tanto en cuanto con los muros que encauzan su recorrido.

Saboreas la tormenta.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.