Mis oídos no querían creer lo que habían escuchado y mis oraciones pedían una oración diferente. La cansé pidiéndole una y otra vez que me lo repitiera y, cuando ya no había lugar a dudas, pidiéndole que fuera sincera.
"No te quiero", oí a través del auricular. Supe en aquel mismo instante que no debí decirle que sólo ante aquella afirmación dejaría de insistir y traicioné mi palabra insistiendo por enésima vez, de nuevo.
Había creado mi mundo con ella como cimientos. Había colocado mi vida sobre sus columnas y ahora todo se desmoronaba desde la base. Todo se caía y lo único que podía hacer era repetir impotentemente una negación a la par que las lágrimas resbalaban por mis mejillas como nunca -jamás- lo hicieron por ninguna otra razón. Y mi estómago se removía, se convulsionaba, ardía... y entonces me sentí morir. Al oír el silencio, el fin de aquella inesperada conversación, la impotencia se transformó en parálisis y las lágrimas en aullidos.
Y sólo entonces entendí el verdadero significado de preferir la muerte.

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