lunes, 8 de junio de 2009

Ardor

Llegó el día en que su voz me dijo que todo acababa. Cuánto hubiera dado por ver sus labios pronunciando, como siempre, una cosa distinta... pero en esta precisa ocasión no tuve oportunidad siquiera de contemplarlos.

Mis oídos no querían creer lo que habían escuchado y mis oraciones pedían una oración diferente. La cansé pidiéndole una y otra vez que me lo repitiera y, cuando ya no había lugar a dudas, pidiéndole que fuera sincera.

"No te quiero", oí a través del auricular. Supe en aquel mismo instante que no debí decirle que sólo ante aquella afirmación dejaría de insistir y traicioné mi palabra insistiendo por enésima vez, de nuevo.

Había creado mi mundo con ella como cimientos. Había colocado mi vida sobre sus columnas y ahora todo se desmoronaba desde la base. Todo se caía y lo único que podía hacer era repetir impotentemente una negación a la par que las lágrimas resbalaban por mis mejillas como nunca -jamás- lo hicieron por ninguna otra razón. Y mi estómago se removía, se convulsionaba, ardía... y entonces me sentí morir. Al oír el silencio, el fin de aquella inesperada conversación, la impotencia se transformó en parálisis y las lágrimas en aullidos.

Y sólo entonces entendí el verdadero significado de preferir la muerte.

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