La primera piedra no es más que un apunte perdido en algun pedazo de papel cuadriculado, la última aún no se ha puesto.
Transeúntes caminan por estas calles sin saber que el asfalto que pisan está dibujado con acuarela, sin saber que sus pensamientos están escritos por los dedos de un narrador omnisciente que no sabe nada de ellos pero a la vez se lo imagina todo. Los pasos no son decididos: son errantes, y en su vaivén terminarán alcanzando alguna plaza oculta, algún jardín extenso, algún rincón recóndito oculto por los edificios de tinta.
Están en todo lugar: omnipresentes sin aparecer en escena, en algún cartel, en alguna sutileza marcada en cierto ladrillo que se tambalea bajo el peso de las expectativas que parecen no llegar nunca. Huele a ideas, la puesta de Sol es maravillosa: refleja sus rostros en la enorme Torre, que ilumina con un color granate el Río que separó y unió a dos pequeños que se perdieron en la Ciudad que crearon ellos mismos.

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