lunes, 3 de mayo de 2010

Ponto Euxino

A estas alturas debería haber aprendido algo: la cuestión es que no lo he terminado de hacer. Y es comprensible, pues si lo hiciera quedaría recluido motu proprio en una torre de marfil o sería desterrado a orillas de un mar oscuro y frío, plagado de soledad a cada paso en la arena mojada, casi barro, fango tenebroso de la marchita distancia que, dibujada en el horizonte, no apuntaría siquiera cerca de donde se hallase mi más cercano congénere.

No estoy allí, no me han sometido al ostracismo físico, pero estos pensamientos no brotarían alrededor si no siguiese clavado a la apestosa hierba. Debería moverme. O debería seguir esperando. El asunto es que casi se me ha olvidado la razón por la que llegué aquí, y sólo puedo pensar en mí y en la palidez de su vacuo rostro.

Alguien llama a la puerta de mi mente, y no es el viento que sopla huracanado levantando las hojas que cayeron antes de tiempo... Es la memoria. Es una tortura, es una broma del pasado, es una prueba empírica de que o no soy humano o la selección natural metió la pata hasta el fondo de este depósito de fango.

Es mi maldición personal el recordar cada detalle, y me pregunto qué valor positivo puede tener. Por supuesto, no es agradable, pero todo tiene su sentido, ¿no es así? Debería haber... ¿aprendido? Sí, de los errores... Pero no es el caso.

No estoy en el lejano mar, pero estoy en el río, helado y solitario, mientras sopla un vendaval que habría de dar con todos los barcos en el fondo, allí donde la luz sólo ilumina ciertos colores.

Pasa un barco, un barquito, de metal, de madera, de papel. Y un soldadito de plomo que me observa como el reo que espera en el corredor y mira a su compañero que marcha hacia el final.

Y quizá ésta sea la continuación de la continuación de la continuación de la historia de cómo perder la cabeza por lo que fue sin ser capaz de ver lo que es.

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