miércoles, 26 de mayo de 2010

Explícito

No he conseguido alejarme demasiado del puerto. Una vida llena de humedad y barcos zarpando no puede sino anclarse a un lugar como éste. Si te llevas mi cuerpo tendré que decidir cuál de las dos mitades se queda con el corazón, y probablemente permaneciese aquí, helándose en la fría mañana que rodea al río.

Pienso en las personas que zarparon. Pienso en las personas que zarpan. La perspectiva de aquél que espera en tierra sin saber a quién es, cuanto menos, doblemente triste: la amargura de la soledad al descubrir los reencuentros, la amargura de la despedida al presenciar las separaciones.

Los barcos no suelen encallar a mitad de camino. Los barcos no se detienen. No hay lugar a que toda su estructura frene en seco y permita que algún pasajero se apee y vuelva corriendo a los brazos de otra persona, o en busca de algún objeto olvidado. Si alguien ha olvidado algo o ha recordado a alguien... entonces ha de empaparse, ha de calarse hasta los huesos, y cuando salga de las negras aguas del río ¿quién sabe si el Sol estará allí para calentarlo?

Pero no siempre fue así: las cosas no siempre se sucedieron tan ajenas. Hubo un tiempo en que era yo quien esperaba el regreso o la venida de una figura, conocida o desconocida. Sin embargo, todas esas figuras permanecieron estáticas en la proa del barco, asomadas tímidamente sin descubrir el rostro. A veces vi siluetas donde no las había.

Esta última vez fue distinto: esperaba cierta figura pero no apareció en una llegada sino en una marcha. Despidiéndose de otra persona se subió al barco y, entonces, recordó a otra: se apeó, se empapó, se caló hasta los huesos, salió, me abrazó, me empapó... y entonces volvió a subir a otro barco que fue de la mano del Sol. Mientras yo me contentaba con caminar hacia atrás, frío, chorreando.

Comenzó la tormenta. La ropa tarda mucho en secarse cuando llueve.

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1 comentario:

  1. Esta me ha encantado.

    Me recuerda a algunas sensaciones que tuve en el Archipiélago de las Orcadas, al norte de Escocia.

    Llegué al puerto de Stromness, la isla principal en medio de un atardecer con niebla muy cerrada. El puerto se vació rápidamente y las calles se difuminaban con la espesa niebla.

    En el pasado, fue un puerto ballenero que todavía hoy lucía con orgullo en las paredes de las casas fragmentos de los esqueletos de las ballenas capturadas.

    Algún día te contaré la historia con una buena cerveza, al estilo de los capitanes retirados que cuentan sus historias a cambio de que les inviten a beber, jejeje.

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