Detrás de los coches aparcados a uno y otro lado de esta calle empedrada del puerto me sigue una figura agachándose una y otra vez, tratando de ver sin ser vista, tratando de acompañarme mientras, cada cierto número de pasos, me detengo y saco mi esencia para escupirla en estos papeles: me decidí a contar una historia, pero parece que la escritura como catarsis es reincidente a este lado del río.
Con el rabillo del ojo la observo: silueta menuda, veloz pero a la vez torpe a la hora de ocultarse, decidiendo lugares robustos pero sin tener en cuenta que el Sol ha salido y las sombras a veces son más delatoras que los propios cuerpos que las proyectan. Continúa, sígueme de cerca: sus pasos no se oyen pero su presencia se percibe como si estuviera en mi bolsillo.
Una turba de gente, una enorme muchedumbre se acerca galopante. La silueta se difumina entre los transeúntes: quizá le haya visto la cara y ni siquiera sea consciente de ello. Alguien, algo, me toca. Una profunda sensación de pesadumbre me tira del pelo hacia abajo, recubre mis brazos con pesada carga, apisona mis hombros: el Sol desaparece, comienza a llover y las palabras que estaban escritas en estos papeles se pierden, de nuevo.
Sólo soy consciente de mi propio yo, de mi individualidad frente a toda la masa. Soy egoísta, egocéntrico, ególatra, egotista... Yo, mí, me, conmigo. Quizá siempre sea la misma historia porque sea la monografía de un ser cuya catarsis siempre es en relación a lo mismo. Las lágrimas irrumpen en la trastienda de los ojos, tratan de hacerse notar. Si pudiera llorar... os dejaría libres.
Pero no puedo. Mi labio inferior se eleva, tratando de guardar el grito que quiere prorrumpir afuera. Ayer fue día de tristezas.
Pero arriba el Sol brilla con fuerza, la gente no es muchedumbre y no va en el sentido contrario: son personas, individuos que llevan sus propios folios emborronados, individuos sobre los que la lluvia también cae. Me detengo y observo los papeles: la escritura sigue ahí, sus palabras no se han disuelto.
Contienen algo de valor: contienen la figura que, huidiza de la mirada, trata de perseguirme sin que la vea; contienen ecuaciones que ya no hay que volver a demostrar: ya las tacharé si son falsas; contienen referencias constantes a la lluvia, a las nubes que cubren el esplendoroso Sol, y la realidad más perniciosa que va con uno mismo y no es tan torpe como la tristeza a la hora de esconderse: que el Sol no es caprichoso, sino que hay que aprender a ver cuando uno mismo se está ocultando de Él.
Miradlos bien. No se han borrado. Pero guardadlos en el bolsillo. Dejad que sea la propia luz la que muestre a vuestros persecutores. Quizá hasta os hagáis amigos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
No hay comentarios:
Publicar un comentario