Murmura el río, sus aguas arrullan poemas abrazando los cantos rodados. El Sol está saliendo y se refleja en la delgada línea que separa las dos orillas de un mismo mundo.
Cantos rodados, cantos de sirena. El viento sopla más fuerte, notas el Aire acercándose vertiginosamente pero no logras adivinar desde dónde. Es la incertidumbre la que hace que esta decisión, ésta sí que está en tus manos, sea la que conlleve mayor dificultad y mayor éxito, en caso de que llegue a buen puerto.
Buen puerto, vuestro puerto. Sembrado de colillas de cigarro, sembrado de hongos y musgo, húmedo y resbaladizo.
Te metes las manos en los bolsillos y, entonces, reparas en un viejo amigo; ahí está: ahí está el sobre que guarda toda la tristeza de la que ya has tenido suficiente, de la que ya has disfrutado, que ya has saboreado y de la que te has empachado.
Te levantas de la piedra y caminas hacia el puente. El Aire sopla aún más fuerte, a veces de un costado, a veces del otro... a veces de frente y de espaldas. Es peligroso cruzar puentes en esta situación, pero ése no es tu objetivo.
Y es que desde el principio no perseguías a alguien, perseguías algo. Alguien se marchó al otro lado del río, algo se marchó subido al mismo río: el sobre, empapado, ahogándose, se desliza ahora corriente abajo hacia la lejanía, hacia donde los ríos se convierten en lagos allá lejos al norte.
Y es que no tiene sentido perseguir al Aire. Lo único que puedes hacer es...
Te colocas bajo las manos de los dos hermanos y haces lo que uno de ellos hizo tiempo atrás.
No tiene sentido perseguir al Aire. Lo único que puedes hacer es dejarte llevar por él.
Y él... -¿o era ella?- decidirá dónde has de caer.
FINIS

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