Miras el reloj y no ves la hora. Oyes el silbato del tren y piensas en la distancia que le separa de su destino: no es tanta como la que te separa del tuyo, por más que estés a punto de llegar.
Estás -o eso crees- muy cerca del puerto. La pestilencia del agua estancada no es capaz de encubrir el rastro de su aroma, y hace ya días que marchó hacia el otro lado. No hay muchas más luces allá delante. No hay muchos pasos por recorrer.
Caminas con respiración y pies silenciosos. Te sumas a la inexorable labor que ayer tratabas de obstaculizar.
Has aprendido una lección que yacía latente en tu cabeza, esperando el momento de recordarse: la pena es como el buen vino, y hay que tomársela con calma, saborear cada uno de sus matices, desparramarla y organizarla, guardarla en un sobre y continuar caminando. Puede que tu marcha te lleve a una papelera donde tirarlo.
Pero aún va contigo, y no se irá hasta que cumplas tu promesa. El silencio es lógico, el Aire es puro.
Casi has llegado. Podrías alcanzarlo, podrías ahogar toda la tristeza en un instante, pero te detienes unos metros antes y te sientas en una piedra al lado del río, observando a los dos hermanos ofreciéndose el uno al otro la mano para terminar su historia juntos. El agua está tranquila: choca de tanto en cuanto con los muros que encauzan su recorrido.
Saboreas la tormenta.

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