Camina. Fantasea. Dibuja sus labios, dibuja su sonrisa en el vapor que asciende desde el asfalto, trata de invocarla en el vaho que ahora sale de tus pulmones y que hace que te preguntes quién se ha quedado más frío, si el aire o tus propias entrañas.
Deslízate paso a paso, repta erguido. Trata de acicalar tus pensamientos, de ordenarlos, de darles algún sentido. Descubrirás que tienes el taladro constantemente acechando en cualquier rincón y que las reminiscencias no piden la vez: fantasmas.
Engulles el pasado, pero te alimentas de él con tanta ansia que apenas te queda para el resto del día... para lo que queda por delante.
Y miras hacia el cielo, más oscurecido de lo normal, y ves que se acumulan también las nubes físicas en la mente del planeta. Y comienza a chispear.
Entonces caminas con las manos en los bolsillos, con la capucha bien ceñida, con los hombros encogidos y la espalda encorvada. Le pides a tu memoria diversos platos pero sólo cocina uno.
Y piensas en lo que queda, en que esto es sólo el principio. Y desearías dormirte a los pies de Lénore hasta que llegase el día... pero algo te incita a continuar: quizá es su aroma, que te indica hacia abajo, por donde chorrea la sangre escarlata y las luces ensombrecen más que alumbran.
Te molesta que chispee, pero pronto pedirás que sólo fuera eso. No tienes paraguas. Y no te importa lo que piense la gente cuando te vea quitarte la capucha bajo la lluvia cercana y hacer noche sobre un charco.

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