Pero cualquier planta, por poco que sea, lo necesita; claro que ésta no era cualquier planta: aquel nenúfar estaba en medio del desierto. ¿Cómo pudo llegar hasta allí?
Nadie la había llevado y nadie la había abandonado en ese sitio, pero de ahí no se había movido, y había conseguido subsistir hasta aquel entonces.
El nenúfar había vivido en medio de un jardín que pasó a ser oasis que pasó a ser nada: había sido testigo de la desaparición de los lagos, de la evaporación de las aguas, del calentamiento de la tierra, de la desertización y erosión del terreno… Había sido testigo de todo aquello e, inmutable, continuaba viviendo pese a todas las adversidades. Pero poco le quedaba.
En sus conversaciones con el Sol, éste le preguntaba cómo había logrado sobrevivir, pues ninguna de las plantas que antiguamente crecían a su alrededor lo había hecho. Ella contestó que tenía un ideal. Un solo ideal: estaba convencida de que podía vivir sin agua.
El nenúfar continuó vivo, allí, arraigado en la arena, hasta el día en que llovió y murió ahogado. Entonces, la pequeña flor que se posaba elegantemente sobre sus verdes hojas se agostó y nada quedó de lo que antes fue.

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