El mundo está cubierto de papeles inútiles que oficializan sucesos tan evidentes que restan lógica a la existencia de éstos: declaraciones de guerra, declaraciones de amor o desamor, capacidades y demás. La voz parece haber perdido su valor, y las palabras no demuestran nada: quizá un atisbo de intencionalidad por parte del locutor que, si no es acompañado por la consiguiente acción, quedan en un hálito puntual.
Se dio cuenta de la falta de oficialidad y quiso crear un papel compulsado que dijera qué demonios estaba sucediendo en aquel espacio relativo. Pero a fin de cuentas las palabras habladas se las lleva el viento y las escritas desaparecen con la lluvia. Palabras, palabras, palabras...
Quizá no sepa qué demonios sucede, pero sabe bien lo que no está sucediendo.

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