Caigo en la cuenta de que aún no me puedo caer del árbol. He pasado todos los días de mi vida satisfaciendo incondicionalmente cada uno de mis caprichos, y el motor de creer que ya estaba maduro como para descolgarme de aquella rama, símbolo de mi juventud, era que lo había pasado mal.
¿Mal? ¿Qué coño quiero decir?
He reunido durante tanto tiempo las fuerzas del olvido para deshacer episodios de mi recuerdo que ya no logro invocar tu rostro más que para lo que yo quiero. Y el suyo. Y el de todo el mundo, incluido yo. ¿Quién soy? ¿Qué ha sido de aquel niño que pensaba que el amor y la amistad, que la justicia y la ética y la moral tenían sólo una cara? Sólo era un personaje más, parece ser, de una novela protagonizada y escrita por un servidor, en la que el protagonista tenía las facetas ideales según la ocasión.
"Hoy lucharé por lo que deseo", era el primer lema. Después "Lucharé por lo que tengo", mañana "Por lo que he perdido" y al siguiente "Por olvidarlo"... para pasar a luchar de nuevo por otro deseo. Y en cada transformación del espíritu la ética respondía al idealismo, a la responsabilidad, al romanticismo adolescente, al realismo o al objetivismo.
Hipócrita. De nuevo, parece ser que pedir perdón me honra, pero... ¿acaso no sigo haciéndolo por mantener la imagen que de mí mismo tengo?
Esto es lo que ocurre cuando me doy cuenta de en qué me he convertido.
Esto es lo que ocurre cuando reparo en que me he transformado en aquello que odié.
Esto es lo que ocurre cuando me percato de que soy exactamente igual que tú.

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