Mentiría si dijese que nunca antes me había fijado en ella: su cuerpo pequeño pactaba con sus gestos cada movimiento, creando juntos una sensación de fragilidad y misticismo que jamás había visto ni volvería a ver. Aquellos ojos en sombras se clavaban con fiereza sobre cientos de puntos durante milésimas para después mirar a otro lado, rápidos como el aleteo de un colibrí. Su cabello, como el mismo cielo, un día estaba claro y otro oscuro. Su nariz, tímida, asomaba desde su rostro amarillento mientras debajo sus labios se movían diciendo algo distinto a lo que su voz reproducía. Y su cuello... Su cuello se cubría de pelitos rubios que temblaban cuando algo rozaba aquella parte de su cuerpo. Y su cuerpo... Qué decir de este último sino que lo tenía perfectamente estudiado, al menos aquello que se podía ver a simple vista, hasta aquel día.
La belleza es algo cambiante, como el cielo, como su cabello. Puedes conocer a una persona con una figura perfecta -algo perfectamente subjetivo, pues es subjetivamente perfecta- y que al conocer lo que no se ve, su físico termine manchado. Puede ocurrir lo contrario: conocer a alguien físicamente deplorable cuyo interior lo convierta en perfecto. Me limitaré a decir que, desde el primer momento, aquella cuyos ojos miraba y me miraban era bellísima, y algo me gritaba al oído que su atractivo no se vería ensuciado por su interior.
Su físico, al menos el que le era permitido observar a mis ojos, era sublime, y creía conocerlo... Cuánto me engañaba.
En ocasiones, interior y exterior se funden creando fenómenos que son inefables, al menos si uno trata de explicarlos con palabras y no con más de aquellos fenómenos, pues no se han inventado palabras para tales sensaciones, para tales sucesos.
Creía conocerla, creía conocerlo... y entonces me abrazó, y la simple palabra abrazo no explica en absoluto lo que recorrió mi mente al tratar de encajar las piezas de aquel momento que recordaría hasta hoy mismo. Ni tan siquiera la mujer que me había hechizado tiempo atrás había nunca atravesado el simple significado de diccionario de aquella palabra, nunca me había ofrecido más calor que una simple columna de piedra, y ahora me encontraba rodeado por aquellos brazos... no rodeado, sino dentro de aquellos brazos, dentro de ella, sintiendo su cuerpo, su exterior, pero también rozando su espíritu, su emoción, la mía.
Y por primera vez alguien me abrazó y sentí. Y mi cuerpo, pero también mi espíritu, se cubrieron de pelitos rubios que temblaban.

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La belleza es algo cambiante... bueno, conozco ocasiones en que solo es capaz de ir a mas.
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