Camino por el desierto cuando me cruzo con un vagabundo errante, con un transeúnte perdido, con un soldado que no sabe dónde está y con una rata que sabe perfectamente a dónde va.
Y no veo personas, ni siluetas, ni sombras, ni rostros… Veo problemas.
Incluso aquí en el desierto sus mentes están completamente empapadas en problemas, inundadas, a punto de ahogarse. Sumergidas como en una ciénaga de la que no pueden salir en una disolución de hediondo fango y pensamientos resolventes.
La búsqueda de soluciones comienza por tragar algo de agua, algo de fango, pero la mayoría se atraganta y prefiere no arriesgarse.
Y aquí estoy yo, en medio del desierto de las ideas, casi chocándome con problemas llenos de problemas. Quizá ellos mismos sean mis problemas.
La cuestión es que todo el mundo los tiene, y nadie piensa en los de los demás. Y todos, inconscientemente, piensan que los suyos son los más graves, los más perentorios, los más interesantes. Dignos del guión de una película.
Si no lo piensas, ve al psicólogo. No es que seas superior a los demás, ni que tengas la sobrenatural capacidad de la empatía: puedes tener un grave problema de autoestima.
Yo no lo tengo. Y no sólo pienso que mis problemas sean los más importantes, los más acuciantes… sino que además de esto pienso que les interesan a los demás. Y si no, que a los demás les puede interesar el modo que tenga de contárselos.
Ahora es cuando el neonato escribe: “Os voy a enseñar una lección acerca de la vida”. Quizá no tenga que enseñaros ninguna lección, quizá quede implícito entre mis palabras, pero de lo que estoy seguro es de que todo en esta vida tiene doble filo, por si alguien no me leyó anteriormente. La tristeza provoca malestar, pero el regodearse en ella –aparte de ser algo masoquista- tiene sus resultados creativos.
Y hurgando entre mi tristeza y mi autoestima encontré unas cuantas razones para escribir.

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