jueves, 26 de agosto de 2010

Cobardía y misterio

Éste es el lugar donde las palabras se ocultan, donde no encuentran una mano que las pasee. Es la cobardía de aquél misántropo que se da cuenta de que con ciertas personas ha de odiarse a sí mismo.

Despacio se acomoda en un banco de piedra, apoya la dolorida espalda y mira a los niños que corretean por el parque. Ya estuvo tiempo atrás por aquí, comprando dosis de anestesia cerebral. Ahora viene a recordar todo aquello, aquello que tan lejos queda.

El parque, un día en el parque, un día en la ciudad, después a la playa, de picnic, a pasear ratas grandes, a pasar frío para acercarse un poco, a verte en blanco y negro y encender la soporífera luz que alumbra... Eso. Que no es tan especial, si a fin de cuentas tengo dos, como casi todo el mundo.

Se acomoda, se incomoda en el banco de piedra. El respaldo no conforta, o quizá son las vistas. Hace tiempo que no pasa por allí aquella chica de mirada penetrante, anestésica, atópica, que vuela de acá para allá, pequeña mota de polvo violeta que aún no sabe teletransportarse.

La cobardía y el misterio. Y se acaban los misterios. No tengo cartas en la manga que quiera usar de sorpresa o que no quiera usar. Y cada día estoy más seguro de que aquel protagonista de las lluvias, de los Soles, de los días y las noches... no era más que un mediocre niño que escribía lo que sentía sólo para recordarlo días después e intentar entender lo que otrora tuvo sentido.

Pero se acaban los misterios. Quizá sea ése uno de los mayores misterios, quizá el último, no lo creo. Lo que demonios oculte esta cobardía.

Quizá esté mintiendo. Al fin y al cabo, esa tercera persona es un insensible.

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